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Si Donald Trump toma el teléfono para hablar con la presidenta Claudia Sheinbaum, debe ser para algo más que detallar el porcentaje de los aranceles en un eventual acuerdo comercial. Trump quiere la hamburguesa completa –aderezada con temas de seguridad y combate al crimen organizado– y la quiere pronto, porque en 43 días enfrenta las elecciones de medio término y está urgido de algunas victorias.

Provocó tan poco entusiasmo en el gobierno mexicano esa comunicación del miércoles pasado, que nos enteramos de ella por medios estadounidenses y la confirmación presidencial llegó hasta el viernes en el ambiente controlado de la mañanera.

Para el republicano es importante presentar una victoria comercial que lo deje ver como el líder que le puede poner un freno a la penetración de los capitales chinos en Norteamérica a través de reglas de origen más estrictas para las importaciones mexicanas. Pero en la percepción electoral no pesan tanto los complejos temas de los aranceles; al contrario, generan la sensación de pagar con mayores precios esos lances comerciales.

Por eso, Trump acompaña la agenda bilateral con México de un tema indivisible: el combate al tráfico de fentanilo. A lo largo de los meses, la Casa Blanca ha tenido que darle un giro a los temas de seguridad que le importan de México. El control de la migración derivó en un efectivo dique fronterizo, y hablar de migración le impacta negativamente por los abusos por parte de sus agentes de ICE.

Del combate al fentanilo, la administración de Trump se ha encargado de divulgar la idea de una baja drástica en las muertes causadas por este opioide sintético. Por ello, el giro es hacia el combate al terrorismo de los grupos del crimen organizado mexicanos y hacia el desmantelamiento de sus vínculos con el poder político del régimen del sur.

Ahí radica la principal fisura en la narrativa oficial en México. Frente a las crecientes evidencias y señalamientos sobre la colusión institucional –no de una oficina cualquiera en Nueva York, sino emitidos desde la Casa Blanca–, la respuesta de Palacio Nacional ha sido replegarse en una retórica de inmunidad bajo el escudo de la soberanía. Ya no es tan casual, o mera coincidencia, que se aparente una protección a personajes políticos del régimen que han perdido la visa estadounidense o que son señalados directamente por la justicia de aquel país.

Trump tiene presiones electorales, pero la relación con México está lejos de ser su principal preocupación con tantos frentes abiertos. En cambio, para el gobierno mexicano la agenda más importante pasa por la relación con Estados Unidos en todos los sus aspectos. Sin duda que un acuerdo en la parte comercial ayudaría mucho a restaurar una parte de la confianza empresarial que necesita señales para invertir; eso es una condición indispensable para que la economía apuntale las finanzas públicas y se pueda retomar la consolidación fiscal.

Pero, en la relación con el gobierno de Donald Trump, no hay manera de pensar que la firma de un acuerdo arancelario más benéfico pueda aislar a México de la embestida en contra del crimen organizado y la narcopolítica.

Trump tiene presiones electorales, pero la relación con México está lejos de ser su principal preocupación con tantos frentes abiertos.