La fe perdida no se recupera con poner un ángel que con espada flamígera impida el acceso al Edén, como dicta el Génesis
De mi generación, pocos hay, si no es que ninguno, que puedan afirmar sin ambages que entienden -y sobre todo saben dominar- ese fenómeno de innúmeros tentáculos que se esconde bajo las letras IA, la inteligencia artificial.
Los más simples, hemos acudido a su uso para eliminar el tiempo perdido en acudir a esa maravilla de la inteligencia que sigue siendo el libro; ya no se diga el lexicón o, menos, la enciclopedia. Otros han sabido aprovechar esa herramienta para suplir su carencia de otras, como el dominio de la gramática en todas sus ramas.
Pero eso puede ser tolerado en los que llaman seres de la tercera edad, aunque nadie ha sabido explicarme cuándo acabó la primera y cuándo termina la última designada. Es como la piedra lanzada desde un tren, a la que aludía Einstein para que entendamos la relatividad.
El asunto es muy serio. Sin menoscabo de que cada quien califica las etapas de nuestra evolución como le da la gana, como los morenos que se apropiaron de una cuarta transformación inexistente, hemos de asumir que, cualquiera que sea la fecha, la llegada de la informática y todas sus hijitas marca un hito universal.
Tomemos un poco las noticias, que ha sido siempre lo mío.
A partir de los llamados teléfonos inteligentes y sus funciones insospechadas hace medio siglo, llegó la democratización de los procesos informativos. Cada individuo en posesión de un aparatejo de esos -que además dan de fiado- se convierte en un reportero en potencia; no solamente ha sido testigo del hecho que ustedes quieran, sino que lo puede documentar y difundir.
No existe más el “ya lo dijo Jacobo” para darle certificado de veracidad a cualquier afirmación.
Contrario sensu, y con el espectacular desarrollo de la inteligencia artificial, llegó la duda persistente, en sustitución de la confianza empeñada en un gurú. Ante cualquier narrativa compartida con la velocidad del rayo, a mí por lo menos me surge de inmediato la duda original, como debe ser en todo reportero: ¿lo dice quién? Y otras más. Hemos visto en tan corto tiempo las prodigiosas muestras de creatividad que -partiendo de imágenes reales de seres de carne y hueso- devienen en producciones lo mismo inquietantes que chuscas. Siempre asombrosas.
Lo cual, una vez más, nos vuelve a un dilema básico de autoridad: prohibir o no. Los legisladores de todo el mundo coinciden en que hay que regular la inteligencia artificial. Pero no tienen idea de por dónde empezar. Tal vez por los celulares de nuestros hijos o nietos.
Francia ha decidido prohibir el uso de celulares a los adolescentes. Australia lo hizo primero, y otros países civilizados los siguen. Sin embargo, sólo las dictaduras acuden a la prohibición ante cualquier problema, cuando no son capaces de enfrentarlo con inteligencia, ética y responsabilidad.
La fe perdida no se recupera con poner un ángel que con espada flamígera impida el acceso al Edén, como dicta el Génesis.
Sólo despierta un mayor apetito por lo prohibido.
Y cuando uno es joven, más.
PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): El perro y las dos tortas o los moros y los cristianos.
Todos estamos de acuerdo en que sería injusto que ingresen a la UNAM jóvenes sin escrúpulos que hayan aprobado el examen de admisión a cualquier licenciatura, haciendo trampa, haiga sido como haiga sido.
También coincidimos en que nuestros hijos que dedicaron horas de su sueño y atención a estudiar todo el temario que deberían enfrentar, lo hicieron con el entusiasmo, talento y preparación y lograron arriba de los cien aciertos de los -me parece que- 108 que era el óptimo, sean sospechosos de ser pillastres.
La solución que la vieja universidad debe a los universitarios, que somos muchos, no es fácil, ni se resuelve con el despido, que luego disfrazaron -comme il faut- de renuncia, de la Secretaria General del ente.
Moros y cristianos ya tomaron la calle para negarse a presentar nuevo examen.
Lo preocupante es que, entre los protestantes, ya aparecieron los encapuchados, los embozados con cubrebocas o pasamontañas para, mezclados con los escasos manifestantes, sacar raja política de esta situación, peligrosísima para la Universidad.
Toda.
