El fútbol asiático también rechaza de entrada la idea. En realidad, ambos organismos rechazan la idea principalmente porque nadie les dijo nada cuando ya todo estaba cocinado
Cuando el presidente Donald Trump reclamó plañidero al parlamento noruego el año pasado, por ni siquiera haberlo tomado en cuenta a la hora de otorgar el Premio Nobel de la Paz —que no lo otorga ese parlamento, sino un comité de cinco notables— el año pasado, todos lo entendimos en el marco del histriónico carácter del presidente de los Estados Unidos: parecía un chamaco haciendo pataletas porque no tiene un juguete que ansiaba. Después de todo, Trump se ufana de haber terminado ocho guerras en menos de un año, incluyendo la de Ucrania (!). El Premio Nobel de la Paz se le hacía chiquito.
Pero luego llegó una inquietante sorpresa: Gianni Infantino, presidente de la poderosa Federación Internacional de Fútbol Asociación, por las facultades que él entiende le da su puesto, decidió crear, de la nada, un Premio FIFA de la Paz, y lo entregó a Donald Trump, que estaba que no cabía en sí de contento.
Poco después se nos vino encima el enorme torneo de la Copa del Mundo en América, con 16 selecciones más iniciándolo en tres países. Pese a las zancadillas políticas que se atravesaron en la primera etapa, especialmente con los visados de entrada a los Estados Unidos a ciudadanos de países allá mal vistos, como los iraníes jugando sus partidos en Los Ángeles y Seattle y durmiendo en Tijuana, todo transcurrió como una fiesta deportiva mundial para los adinerados que podían pagar el precio de las entradas; el populacho vio los partidos en pantallas gigantes, con sol y chelas al alcance del bolsillo.
Excepción hecha del caso Balogun.
Folarin Balogun, jugando por la selección de Estados Unidos en contra de Bosnia y Herzegovina, cometió una ruda falta sobre el defensa Tarik Muharemović que le mereció la tarjeta roja directa. Eso implica abandonar el partido y no poder jugar el siguiente. Eso dice el reglamento de fútbol.
Sí, pero no. Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, llamó telefónicamente a Infantino y le pidió explícitamente al presidente de FIFA que cambiara el castigo del negro neoyorquino por una suspensión condicionada de un año, que le permitiera jugar el siguiente partido en contra de Bélgica. Infantino, contra todos los reglamentos, contra la estructura funcional de la FIFA, dio la orden y Balogun salió a jugar (y perder) ante Bélgica. Salvo ese “pequeño” incidente, la fiesta transcurrió sin mayores desmanes.
Esta semana, sin embargo, el señor Infantino se sacó de la manga una carta insospechada pero que sin duda había sido acariciada largamente, explicando así el fenómeno del Premio FIFA de la Paz y el asunto de la llamada de Trump: el plan Infantino para entregarle a empresarios privados la organización y gestión de la Copa del Mundo de fútbol, varonil y femenil.
La idea es muy simple. El valor comercial de la FIFA se reparte: un 20 por ciento aproximadamente para las más de 200 federaciones que la integran y que son sus dueños. Unos 20 millones de dólares por bandera. Otro 20-30 por ciento para una nueva empresa filial que se llamaría FIFA Forward Enterprise, la cual tendría en sus manos todos los torneos de la empresa mayor. La idea de Infantino escurre en el papel chorros de millones de dólares por todos lados.
Los primeros en respingar fueron los dirigentes de la UEFA, esto es, 55 federaciones de fútbol de los países europeos, que nada más incluyen la británica Liga Premier y las de España, Francia e Italia. Ya dijeron que mientras son peras o son manzanas no van a jugar en partidos organizados por el plan Infantino.
El fútbol asiático también rechaza de entrada la idea. En realidad, ambos organismos rechazan la idea principalmente porque nadie les dijo nada cuando ya todo estaba cocinado. Mucho más se molestaron cuando se enteraron de que la famosa FIFA Forward y otras yerbas serían manejadas en lo financiero por JPMorgan y en lo operativo por una empresa propiedad de Joshua Kushner, hermano de Jared, el yerno favorito de Trump y su mano muy derecha en las negociaciones exteriores. CONCACAF, en donde está México, va por el mismo camino que Europa y Asia. Sea lo que sea, aquí ya nos quitamos las máscaras y el fútbol y el deporte aquí no importan nada. Negocios son negocios, y como en las piñatas, el que no coge, arrebata. No se ha dado a conocer el salario que percibiría Infantino al frente de la nueva subsidiaria. Se dice que se tomaría como base lo que gana el comisionado de la NFL, la que maneja el fútbol americano; Roger Goodell gana al año aproximadamente 64 millones de dólares.
Eso es diez veces lo que gana Infantino hoy.
PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO, PORQUE NO DEJAN ENTRAR SIN TAPABOCAS: La poda del siempre disputado árbol del derecho a la información sigue implacable. Sepultado el INAI nacionalmente, ahora nos toca a los que teníamos instrumento estatal para verle las enaguas al poder, muy a su disgusto; se están eliminando.
Depende de los seres pensantes de cada entidad si definen y defienden entidades alternas.
Si no, que con su silencio se lo coman.
