
El presidente Trump parece confundir poder con autosuficiencia y territorio con influencia
Por Daniel Zovatto
Director de Radar Latam 360
En la cumbre de la OTAN que viene teniendo lugar en Ankara, Donald Trump ofreció una declaración que merece analizarse con seriedad, no solo como anécdota.
Lamentó, dijo, haber sido “estúpido” al devolverle Groenlandia a Dinamarca. No es un exabrupto aislado: ya había expresado el mismo pesar por haber cedido el Canal de Panamá.
El patrón es consistente y, por eso mismo, revelador: Estados Unidos, sostiene una y otra vez, ser demasiado poderoso como para necesitar aliados.
Esa afirmación merece tomarse en serio precisamente porque además de errónea es peligrosa. Confunde poder con autosuficiencia, y territorio con influencia —una confusión que la historia de las potencias ha castigado repetidamente.
Lo que estamos observando es la consecuencia lógica de que una superpotencia como los EE.UU. quede bajo la conducción de un empresario inmobiliario con personalidad megalómana e instintos autocráticos: en el plano interno, un ejercicio crecientemente imperial de la presidencia, con la consiguiente concentración de poder y los conflictos de interés que ya son visibles y alarmantes; en el plano externo, una diplomacia depredadora que trata a los socios como activos prescindibles y a los vecinos como oportunidades de adquisición.
El problema no es la retórica en sí, sino lo que anticipa sobre el comportamiento futuro de los EE.UU. en el sistema internacional que se ha convertido rápidamente de ser la “nación indispensable” a la “impredecible y no confiable”.
En efecto, las instituciones —tanto nacionales como internacionales— descansan, en última instancia, sobre un activo intangible pero indispensable: la confianza.
Una vez que se instala la percepción de que han dejado de ser eficaces, imparciales o independientes, el deterioro institucional no se revierte con facilidad. Reconstruir esa confianza suele requerir años, cuando no décadas.
Ese es, precisamente, uno de los legados más negativos y preocupantes de Trump. Su comportamiento a la fecha ha sido extraordinariamente consistente en una sola cosa: erosionar la credibilidad de las instituciones de las que depende el funcionamiento de las democracias y del orden internacional. El daño que produce esa estrategia no termina con un mandato presidencial. Sus efectos son acumulativos, profundos y, en muchos casos, duraderos.
Resumiendo: cabe recordar que apenas han transcurrido 17 meses del regreso de Trump a la Casa Blanca. Quedan aún dos años y cinco meses largos por delante.
Conviene, por tanto, prepararse. La incertidumbre y la imprevisibilidad de Donald Trump no constituyen una anomalía pasajera, sino un rasgo estructural de su forma de ejercer el poder. Mientras esa lógica prevalezca, el sistema internacional seguirá operando bajo un nivel de volatilidad excepcional. El desafío ya no consiste en esperar un retorno a la normalidad —como dijo el primer ministro canadiense Mark Carney: “El antiguo orden no va a volver. No debemos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia—, sino en aprender a gestionar un mundo en el que la incertidumbre ha dejado de ser una excepción para convertirse en la nueva regla.