Minuto a Minuto

Internacional Tras años de castigo económico, EE.UU. relaja controles para que Venezuela reciba ayuda
Se busca facilitar que bancos e instituciones financieras estadounidenses puedan procesar operaciones vinculadas con ayudas tras los sismos
Nacional FGR identifica red ferroviaria de contrabando de hidrocarburos con alcance interestatal
Se han integrado 96 datos de prueba: química, ingeniería mecánica y eléctrica, fotografía, criminalística e identificación de hidrocarburos
Internacional Trump solicita al Supremo autorizar restricciones al voto por correo
Casi dos docenas de estados consideran que la orden para restringir el voto por correo era inconstitucional y buscaba suprimir el voto
Deportes ‘Chicharito’ Hernández ficha por el Atlético Dallas del USL Championship de EE.UU.
'Chicharito', de 38 años, firmará por dos temporadas, con opción a una tercera, según informó en un comunicado el Atlético Dallas
Internacional Trump presume de política arancelaria para atraer industria automotriz de Canadá y México
Trump indicó que la industria automotriz es clave para la integración económica de Norteamérica y el comercio entre Estados Unidos y Canadá

Durante siglos los ciudadanos fueron engañados por reyes, emperadores, dictadores, caudillos, sacerdotes, banqueros y vendedores de productos milagro. Pero la humanidad siempre conservó una ilusión reconfortante: la de que, al menos, quien intentaba manipularnos era un ser humano de carne y hueso. Hoy ni siquiera contamos con ese privilegio.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han (1959), ha bautizado esta nueva época con un nombre tan elegante como inquietante: la infocracia. Es decir, el gobierno de la información. O, para decirlo en términos más claros, el gobierno del ruido.

Antes la democracia consistía en que los ciudadanos debatían ideas, confrontaban argumentos y, tras un razonable proceso de reflexión, elegían a sus gobernantes. Ahora consiste en recibir 40 y 7,000 mensajes diarios, 23 teorías conspirativas por hora y 120 videos de 30 segundos explicándonos por qué el fin del mundo ocurrirá el próximo jueves o por qué cierto candidato es el mismísimo Anticristo disfrazado de funcionario público.

La diferencia entre la antigua propaganda y la actual es que antes había que imprimir millones de volantes. Hoy basta con crear un ejército de bots que trabajan sin salario, sin vacaciones y sin la desagradable costumbre de desarrollar un pensamiento crítico. Los bots son los nuevos acarreados políticos que no comen tortas ni exigen refrescos. Su función es mucho más eficiente: repetir una mentira hasta que parezca verdad.

Y si la mentira no funciona, entonces aparecen los troles. El trol es una criatura digital que vive oculto detrás de un perfil con fotografía de perro, bandera nacional o modelo sueca. Se alimenta de indignación ajena y dedica su existencia a convertir cualquier discusión pública en un pleito de barrio.

La infocracia ha descubierto algo mucho más rentable que convencer ciudadanos: manipular emociones. Gracias a la psicometría y a la psicopolítica digital, las plataformas conocen mejor nuestros miedos, frustraciones y deseos que nuestros propios familiares.

Las redes saben si estamos enojados, deprimidos, optimistas o ansiosos. Saben si tenemos miedo de la delincuencia, de los migrantes, del comunismo, del capitalismo o de que nuestro vecino compre una camioneta más grande que la nuestra. Con esa información elaboran mensajes personalizados capaces de estimular exactamente la emoción que nos vuelve más manipulables.

Ya no se trata de ganar votos mediante propuestas. Resulta mucho más económico provocar rabia. Mientras más furiosos estamos, menos pensamos. Mientras menos pensamos, más ganan las plataformas.

Así, aislados por un sistema de algoritmos que sólo nos muestra información que confirma nuestras creencias, terminamos hablando y escuchando únicamente con personas que piensan exactamente igual que nosotros. La democracia prometía pluralidad, la infocracia ha generado grupos seguidores de un influencer, que es venerado, “de ese modo, los seguidores participan en una eucaristía digital. Los medios de comunicación social son como una Iglesia: el like es el amén. Compartir es la comunión. El consumo la redención” —escribió el surcoreano profesor de filosofía en la Universidad de las Artes de Berlín.

La democracia aspiraba a ciudadanos. La infocracia produce consumidores de contenido. Mientras eso sucede, el debate público se parece cada vez más a una competencia de gritos donde gana quien logra escandalizar más.

Lo verdaderamente irónico es que vivimos en la época con mayor acceso a la información en toda la historia humana y, sin embargo, cada día parece más difícil distinguir entre un hecho, una opinión, una ocurrencia y una mentira.

Jamás hubo tantas bibliotecas al alcance de un teléfono móvil. Jamás hubo tanta ignorancia circulando a velocidad de fibra óptica.

Byung-Chul Han tiene razón al advertir que la digitalización está alterando profundamente la democracia. Sin embargo, el problema no es la tecnología en sí misma. Los algoritmos no inventaron la estupidez humana. Simplemente descubrieron cómo amplificarla. Y lo hicieron con tal eficacia que millones de ciudadanos reciben línea política de bots, troles y programas informáticos, convencidos que están ejerciendo un pensamiento crítico. Nunca fue tan fácil convencer multitudes, basta con ponerle WiFi a la necedad.