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Los años pasan y hoy son muchas más las personas que creen que la salud macroeconómica que todavía tiene México cayó del cielo. Sin embargo, la verdad es que fue producto de una corrección dolorosa tras una crisis derivada de un mal manejo financiero.

Por eso, ahora que esa buena condición económica se desgasta con un descuidado manejo fiscal y no pocas erradas decisiones políticas, vale la pena recordar los altos costos que ha tenido que pagar este país.

A mediados de los años 90, México aprendió de manera dolorosa que un déficit desbocado de la cuenta corriente es el escenario perfecto para un colapso financiero.

El gobierno federal sintió por aquellos años que habíamos llegado al primer mundo porque en 1994 se abrían las puertas del libre comercio con Estados Unidos y Canadá; pero en ese optimismo desbordado, la economía mexicana devoraba importaciones a un ritmo que no compensaban las incipientes exportaciones. El resultado: un déficit externo escaló a un insostenible 7.0% del Producto Interno Bruto (PIB).

Lo peor fue que para financiar ese boquete, el país dependía de un tipo de cambio de bandas, que anclaba al peso de forma suicida y de un financiamiento con deuda de corto plazo indexada al dólar: los temibles Tesobonos. A esa bomba de tiempo, la inestabilidad política de 1994 le prendió la mecha y el resultado fue el colapso con la huida masiva de capitales.

La distancia del México de hoy con aquel de finales del siglo XX es abismal. Sin embargo, muchas acciones fiscales, decisiones políticas y circunstancias comerciales, nos hacen recordar la importancia de no descuidar la salud macroeconómica.

Por lo pronto, se enciende una luz amarilla con el reporte de la balanza de pagos del primer trimestre del 2026. Ese regreso abrupto de un déficit de la cuenta corriente de 15,878 millones de dólares, equivalente a 3.1% del PIB, revela grietas en el frente externo.

Este deterioro ocurre en momentos en los que la economía ya perdió su capacidad de crecimiento inercial y vive en franco estancamiento, cuando el motor exportador pierde torque en sectores clave, como el automotriz, y cuando la captación de divisas ha perdido dinamismo en diferentes frentes.

Es también un escenario que se acompaña de una compleja revisión del T-MEC y en un entorno geopolítico incierto. Es ahí donde esas grietas en el balance externo debilitan la posición macroeconómica de México ante los mercados.

Y así como la estabilidad económica de principios de este siglo no apareció como por arte de magia, un déficit de la cuenta corriente tampoco nace de la nada; es el reflejo de un país que gasta más de lo que produce y es una brecha que se agranda cuando el gobierno relaja la disciplina presupuestal.

La responsabilidad fiscal no es capricho de tecnócratas neoliberales, es la primera línea de defensa de la soberanía económica. Cuando el régimen decide expandir el gasto público sin fuentes sostenibles de ingresos y le suma decisiones políticas que generan desconfianza, lo que se debilita es la atracción de inversiones.

Ya que a este gobierno le gusta ponerse histórico, que no olvide las lecciones aprendidas con dolor macroeconómico y entienda que la viabilidad financiera no aguanta voluntarismos políticos.