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Ya platicábamos cómo el gobierno federal echaba al caldero un dato solitario de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del Inegi, después asilaba una gráfica comparativa de los países integrantes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y tras algunos malabares en la “Mañanera” presumían a México como el país con la menor tasa de desempleo del club de países de desarrollo medio y alto.

Pero cuando la propia Organización pone sobre la mesa un documento técnico, completo y analítico para entender realmente el fenómeno de la productividad, entonces, callan como momias, como solían decir ahí mismo en Palacio Nacional.

Esta organización, que agrupa a 38 naciones, recién publicó el informe Fundamentos para el Crecimiento y la Competitividad 2026. Este diagnóstico multidimensional de nuestra realidad económica no mereció ninguna mención, pregunta o diapositiva en la “Mañanera del Pueblo”. Nada.

El documento, por lo demás, no hace revelaciones que no sean obviedades en nuestro país: no se ha logrado cerrar la amplia brecha del ingreso per cápita con las economías avanzadas, la productividad está estancada, persisten fuertes diferencias regionales, hay una altísima informalidad y la participación laboral de las mujeres sigue siendo baja.

La fórmula expuesta para reactivar la productividad en México no es ajena al entender del propio gobierno, o de los especialistas y de los sectores económicos: hay que mejorar el capital humano, reducir la informalidad, cerrar las brechas de infraestructura y logística, expandir la generación de energía renovable y atraer la inversión extranjera directa.

Ignorar, o descalificar, estos diagnósticos, que no son alabanzas de la gestión gubernamental, van más allá de tener que reconocer que no existe tal éxito laboral, implica negarse a partir de la aceptación para buscar mejoras competitivas reales.

Es difícil pedir a un régimen que se ha sustentado en la narrativa que acepte la verdad de que un organismo como la OCDE, que solo les sirve cuando las estadísticas se pueden sesgar. Sin embargo, el gobierno actual ha empezado a dar algunas muestras de que puede admitir cambios, aun en medio de los eufemismos.

El replanteamiento de la eventual explotación del gas de esquisto es una señal de que puede haber sentido común que desplace los dogmas autocráticos heredados. Pero el primer paso, antes de replantear la formalidad o la educación técnica, es transitar del asistencialismo a la generación de valor.

La competitividad ausente también se define por la falta de generación de energía suficiente; el fracking recién anunciado es un paso importante, tanto como invertir en carreteras nuevas o en repavimentación, que es mucho mejor inversión que cualquier obra vista el sexenio pasado.

Atender la brecha regional no es construir una refinería en los pantanos de Tabasco o devastar la selva Maya con un tren subutilizado y caro para el erario; tampoco es buscar mejorar la conectividad con un aeropuerto lejano a sus usuarios, sin estudios de viabilidad y con una línea aérea que derrocha subsidios. Cerrar la brecha es construir ductos de gas natural que hagan al centro y al sur competitivos.

Un acompañamiento público de un camino hacia la productividad sería la mejor manera de lograrlo. Pero resulta muy difícil que este régimen se deje de mirar en un espejo que solo devuelve elogios.