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Si estamos esperando a saber si anoche murió toda una civilización, como amenazó Donald Trump a Irán, se vuelve difícil seguirles el rastro a otros asuntos que serán trascendentes para México en los próximos años.

Uno de ellos, más allá de los focos amarillos internos, tiene que ver también con Estados Unidos y los 32 años de historia de libre comercio trilateral de Norteamérica.

Faltan menos de tres meses para que venza el plazo fatal del 1 de julio para la primera revisión formal del T-MEC y si bien es sabido que cualquier acuerdo está supeditado al estado de ánimo del presidente Trump, ahora mismo se construye una muralla invisible por parte del sector empresarial estadounidense para defender el libre comercio.

Más allá de la narrativa monopolizada desde la Casa Blanca, conviene ver cuál es el estado de ánimo en Estados Unidos desde los balances del Rust Belt y del Corn Belt.

Con toda la atención presidencial puesta en la guerra en el Medio Oriente y sus consecuencias, el seguimiento gubernamental al proceso de revisión del T-MEC se centra en la representación comercial federal, el USTR, de Jamieson Greer, que con un estilo agresivo parece buscar actualizar el acuerdo para convertirlo en una herramienta de seguridad nacional.

Pero los sectores empresariales que más podrían perder con un paso atrás en la integración comercial regional, como la industria automotriz o la agroindustria, han comenzado a activar una maquinaria de cabildeo robusta sobre sus congresistas. Por ejemplo, el senador republicano por Iowa, Chuck Grassley, ha dejado claro desde el Corn Belt que defender el T-MEC es defender su reelección.

México ciertamente no se ha comportado como un socio ejemplar y el giro autoritario del régimen pesa en el costo de oportunidad de los empresarios estadounidenses, pero en el escenario pragmático del mal menor, conservar los vínculos regionales es indispensable como parte de una arquitectura de seguridad frente a China.

Con una diplomacia silenciosa, el secretario de Comercio, Marcelo Ebrard ha podido llevar una operación hormiga de diálogo en mesas bilaterales, incluso dejando fuera a Canadá en momentos estratégicos, para poder alinear los intereses de México con la obsesión de seguridad del gobierno estadounidense.

Pero, para convencer a Washington que México puede ser confiable en asuntos tan estratégicos, como creación de infraestructura para el desarrollo de semiconductores o la explotación de minerales críticos, el gobierno mexicano tendría que ser menos dogmático y más práctico en sus políticas públicas.

Y con la esperanza de que hayamos amanecido con todas las civilizaciones intactas y con alguna expectativa de solución al conflicto bélico con Irán, estos problemas geopolíticos se convierten en el pegamento final del pacto comercial norteamericano.

Cuando esa pequeñísima región del mundo que es el Estrecho de Ormuz ha dejado ver su importancia para la economía global y cuando China mantiene su trayectoria, incluso hacia la Luna, Estados Unidos no puede permitirse perder influencia en su frontera sur y convivir con un vecino económicamente inestable.

Así, entre la influencia del sector privado estadounidense en el Capitolio y la creciente necesidad del gobierno de Washington de un perímetro de seguridad norteamericano, podríamos no estar lejos de ver cómo, con ese estilo silencioso, se pueda tener un panorama más alentador sobre el futuro del T-MEC.