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Presumir que México tiene una tasa de desempleo más baja que la mayoría de las economías desarrolladas del mundo es el equivalente estadístico de aquella foto del AIFA lleno, pero con personas de manos de seis dedos o individuos con cabezas de extraterrestres y gorras gigantescas. Es propaganda mal hecha.

En Palacio Nacional, tanto en la presidencia como en Hacienda, han hecho de la tasa de desempleo que publica el Inegi su estandarte favorito, porque con ese dato aislado presumen que México posee la tasa de desocupación más baja de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Y no es cualquier club, son 38 países donde están economías tan desarrolladas como Estados Unidos, Alemania o Japón. Y presumir que en tan selecta membresía se tiene el nivel de paro más bajo, podría sonar como una carta económica fuerte.

Porque la cifra, aislada bajo el reflector, es envidiable; comparada con 3.8% de Alemania, 4.0% de Estados Unidos o la penosa tasa de 10.9% de España.

Es el gobierno el que se compara con el primer mundo, pero podrían hacer el careo con países más similares con Chile o Turquía y sus tasas de desempleo en torno a 9.0%, pero con niveles de informalidad de 27% y es ahí donde está la trampa.

México parece el paraíso del pleno empleo con su tasa de desocupación de 2.6 por ciento. Sin embargo, ese es un espejismo que no engaña a los millones de mexicanos con necesidades económicas, ni a los expertos que entienden de juegos estadísticos.

El error de origen, o la confusión deliberada, radica en comparar a las economías avanzadas de la OCDE, que tienen mercados laborales donde los empleados cuentan con ingresos suficientes y seguridad social; con la situación de México, donde la gente no puede darse el lujo de estar desocupada y cualquier actividad, mal pagada, informal o limitada, ya las califica como personas con empleo.

Cuando juegan a esta comparación de las peras y las manzanas, el régimen siempre esconde debajo de la alfombra el dato contundente de que 55% de la población ocupada labora en la informalidad.

Si realmente queremos entender mejor el mercado laboral mexicano hay que revisar la tasa de subocupación, con su 7.0% de febrero pasado como dato más reciente, lo que refleja mejor el drama nacional: personas que tienen un empleo, pero que necesitan trabajar más horas para cubrir sus necesidades básicas y tienen el tiempo suficiente, pero no encuentran un ingreso digno.

La falta de honestidad estadística del régimen no abona a la narrativa de la confusión y tapa la precariedad laboral, también limita la adopción de políticas públicas impostergables.

Presumir un pleno empleo artificial se convierte en algo más que propaganda, se torna en un autoengaño que le evita al gobierno abordar la discusión de una reforma fiscal integral que incentive la formalidad y redistribuya la carga tributaria.

Admitir la precariedad de 55% de informalidad laboral obligaría a reconocer que el sistema actual es incapaz de financiar una red de protección social suficiente, y, sobre todo, de elevar la productividad que hoy pone en riesgo a las finanzas públicas.

La honestidad estadística sería el primer gran paso hacia la necesaria reforma fiscal.