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Hay palabras que no se mueren aunque las velen con discursos académicos y las entierren en congresos internacionales: izquierda y derecha. Dos difuntas que gozan de cabal salud. Cada elección resucitan, cada sobremesa las invoca y cada político las usa como si fueran estampitas milagrosas: una para curar la pobreza, la otra para espantar nacionalizaciones.

Giovanni Sartori —que en paz descanse, pero no del todo, porque sigue opinando desde sus libros— lo explicó con una claridad que incomoda: izquierda y derecha no son fósiles ideológicos, son brújulas. No siempre dicen a dónde ir, pero sí de qué lado del mapa cree uno estar. Y eso, en política de masas, vale más que un programa de gobierno que nadie leyó.

Según Sartori —cuyo libro La Democracia en 30 lecciones inspiró este texto— la izquierda nació —o al menos se presume así— con vocación moral, justicia, igualdad, altruismo, el prójimo como proyecto político. La derecha, en cambio, no se complica la existencia: se ocupa de lo suyo, del individuo, del orden, del bolsillo propio y del ajeno, pero sobre todo del propio. Una presume virtud; la otra presume resultados. Una habla de lo que debería ser; la otra de lo que conviene que sea.

Hasta ahí, el reparto parece sencillo, la izquierda carga con las alas de la ética y la derecha con los zapatos de la realidad. Pero, como en toda buena tragedia, el héroe lleva en sí mismo su condena. Y aquí entra el giro sartoriano: quien presume moralidad queda expuesto a su quiebra. Dicho con otras palabras: el que se sube al púlpito corre el riesgo de que le encuentren sus pecados.

Y si hay un laboratorio perfecto para comprobar el aserto anterior es México, donde la izquierda llegó al poder con la bandera de la regeneración moral y terminó necesitando un diccionario nuevo para definir lo que significa “moral”.

Porque en el México actual, la izquierda sigue siendo —en la base— una convicción sincera porque hay injusticia, hay desigualdad, hay una deuda histórica con millones. Eso no es propaganda, es realidad. El problema es que, al subir la escalera del poder, esa convicción suele tropezarse con sobres cargados de billetes, contratos públicos y amistades peligrosamente rentables.

Por su parte, la derecha mexicana, tampoco es que salga en hombros de la coherencia. Pero juega con ventaja, nunca prometió ser buena. Prometió ser eficiente. Y cuando falla, se le reclama incompetencia, no traición. Nadie espera de ella pureza moral; a lo mucho, que no robe tanto o que robe con mejores modales.

La izquierda, en cambio, carga con una expectativa casi religiosa: redimir. Y cuando no redime, decepciona doble. Porque no sólo falla como gobierno, sino como promesa.

Sartori lo dice sin rodeos, el poder corrompe a todos, pero a la izquierda la corrompe más porque tiene más que perder. La derecha pierde eficacia; la izquierda pierde el alma. Y en política, perder el alma suele ser más ruidoso que hacer negocios inmobiliarios.

En México lo vemos todos los días: discursos que condenan la corrupción mientras la toleran en casa; llamados a la austeridad acompañados de lujos discretos pero constantes; una narrativa de pueblo bueno que convive con prácticas bastante terrenales. La izquierda en el poder se ha vuelto experta en una acrobacia moral: denunciar lo mismo que administra.

Pero no nos engañemos: la derecha tampoco está para dar clases de civismo. Su problema más que la hipocresía, es la miopía. Ve tan de cerca el mercado que a veces se le pierde la sociedad. Cree que el crecimiento económico es una varita mágica y olvida que hay gente que ni siquiera tiene dónde guardar la varita.

De modo que así estamos: una izquierda que habla como si aún fuera oposición y gobierna como si ya fuera costumbre, y una derecha que critica como si nunca hubiera gobernado y olvida como si nunca hubiera fallado.