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“Leer por goce es un acto de consumo capitalista”.

Es una frase de Marx Arriaga, aunque lo negara después, diseñador y malhechor confeso por parte del lopezobradorismo, de los libros de texto gratuitos en las escuelas “de gobierno” que hemos disfrutado y sufrido millones de mexicanos.
No hay que leer la frase dos veces.

No lo hizo el formidable prosista Jorge F. Hernández, a la sazón agregado cultural de la embajada de México en Madrid. En su colaboración semanal de MILENIO, despedazó la imbecilidad de Arriaga. Tampoco era tan difícil.
Menos difícil fue cesar al escritor ipso facto. Para los que no entienden latín, eso quiere decir hecho la chingada.

Don Enrique Márquez, quien era entonces “Director Ejecutivo de la Diplomacia Cultural (gulp)” en Relaciones Exteriores, lo corrió, “por comportamientos graves y poco dignos de una conducta institucional”. La primera versión fue de misoginia, lo cual en el caso de Jorge —como en el mío— es impensable. El señor Márquez renunció a su pomposo cargo días después.

Hoy es miércoles de ceniza: memento mori, acuérdate de que te vas a morir. Según me cuentan, cuando esto escribo, don Marx Arriaga sigue sentado frente a su oficina esperando —afirma— confirmación oficial y por escrito de su cese. De la confesa oferta del secretario de Educación de un consulado o embajada en Costa Rica ya no hay mención.

Todo este astracán (véase La venganza de don Mendo) tiene la apariencia de una cortina de humo de Morena, el partido en el poder, ante la evidencia de una ruptura interna que amenaza con despojarle de ese privilegio.

Para nadie es un misterio que el ascenso al poder supuestamente omnímodo de doña Claudia, presidente con A de patria, dejó solamente satisfecho a su padrino, porque era, de las corcholatas enumeradas, la mejor calificada para cumplir con la única máxima real de su partido: no traicionar. Lo que inevitablemente llevó a la guerra de dos facciones dentro de su llamado partido. Las palomas y los halcones, dirían en gringolandia. En la lucha libre, que como definió Carlos Monsiváis es el verdadero teatro popular de México, los dividimos en los rudos y los técnicos.

Los rudos son demasiado evidentes. El bolchevique Pablo Gómez, que no ha podido cuadrar la reforma electoral que le encargaron el jefe y la jefa; el payaso de Paquito Taibo en la publicación de libros; Martí Batres, con su hermana en el Poder Judicial; Marx Arriaga, el zar del adoctrinamiento en las escuelas, o el otro payaso de la fiestecita, Fernández Noroña. Desde luego Jesús Ramírez Cuevas y Jenaro Villamil, los líderes del aparato de comunicación oficial, con choncho presupuesto.

Los técnicos son más discretos y van de Marcelo Ebrard a la tan unida familia zacatecana de los Monreal, inclusive una larga lista de viejos priistas, uno que otro panista y muchos del partido de la oportunidad.

El árbol que se llama Marx Arriaga, siga en el dintel de la SEP o no, no está caído como muchos que quieren hacer leña de él. El marxista confeso nunca entendió el memento mori. Polvo eres…

PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): No es necesariamente equívoco el plan B de la señora presidente con A de patria ante la manifiesta intención del pelipintado de acabar con el TMEC.

La opción de ir por el mercado canadiense, sin embargo, no alcanza para sustituir el de los gringos, aunque el abandono de Trump sea más figura de táctica retórica que de razonamiento empresarial, del que Donald no carece.

Nuestra proverbial ignorancia en política internacional ha sido la estrechez de miras. El mundo es los Estados Unidos, Cuba, y ya. Nunca nos hemos dado cuenta de que al sur hay medio continente lleno de mercados emergentes, en Asia hay muchos consumidores de cosas que México produce y que Trump amenaza con no comprar.

Hay veces que las clases de geografía debieran ser obligatorias para ser político en México.