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El fin de semana la Secretaría de Educación Pública (SEP) no fue una dependencia de gobierno, fue un campamento revolucionario. Entre cajas de libros, oficios con membrete y consignas pedagógicas, el que, en ese momento, todavía se creía director de Materiales Educativos, Marx Arriaga, decidió atrincherarse en su oficina como si los libros de texto fueran la Bastilla y él su último mosquetero.

La escena merece crónica con violines de fondo. En octubre de 2025, dos oficios le llegaron a su oficina como palomas mensajeras, pero con filo administrativo. La instrucción es clara: sin cambiar los propósitos de la Nueva Escuela Mexicana, habría que hacer algunos ajustes para el ciclo 2026-2027. Unificar los cinco tomos del “Libro sin recetas para la maestra y el maestro” y modificar contenidos equivocados en los libros de educación básica. Nada que en la burocracia mexicana no se haya intentado hasta con los seis dedos de la mano.

Pero Arriaga escuchó “ajustes” y entendió “herejía”. Según su argumento, mover una coma —mal puesta— equivalía a traicionar la Nueva Escuela Mexicana y, de paso, apuñalar el espíritu del obradorismo que la concibió. En su versión de los hechos, detrás de la sugerencia de simplificar y unificar se escondía el fantasma neoliberal listo para privatizar hasta la hora del recreo.

Y así, mientras el país celebraba el Día del Amor y la Amistad, en un piso de la SEP se libraba la batalla por el alma del libro gratuito. Arriaga decidió permanecer todo el fin de semana en su exoficina. No sabemos si pidió pizzas para comer y llevó sleeping bag para dormir. Hay quienes toman Reforma, él tomó la Dirección de Materiales Educativos.

Del otro lado del tablero, la presidenta Claudia Sheinbaum fue clara, los libros no van a cambiar en su esencia y la Nueva Escuela Mexicana continuará.

Reconoció, además, que el nuevo enfoque educativo fue obra del sexenio anterior y que su administración seguirá esa ruta. Hasta ahí, continuidad sin sobresaltos. Pero Sheinbaum añadió un matiz interesante: quizá la carga académica puede simplificarse sin afectar el aprendizaje. “No son necesarias tantas materias para aprender”, dijo, y propuso algo casi subversivo en un país donde a veces se educa como si se castigara: más recreo. Menos saturación y más disfrute. Menos índice temático y más curiosidad. Que los niños la pasen bien. Que la escuela sea parte de su hábitat.

En nuestro país la educación ha sido campo de batalla ideológica, sugerir más recreo suena a revolución suave. Menos enciclopedismo y más alegría. Menos memorización y más ganas de volver el lunes. La tragedia fue que, mientras la presidenta hablaba de equilibrio, en la oficina atrincherada se escuchaba el crujir de las fotocopias como tambores de guerra.

El secretario de Educación, Mario Delgado, contó su versión con tono de quien ofrece tomarse un café antes del divorcio. Dijo que cuando planteó los cambios, Arriaga manifestó su desacuerdo total. No quería tocar ni una línea. Se le ofreció, incluso, una salida elegante: se le planteó la posibilidad de actuar en otra área o una representación diplomática en algún país latinoamericano, una despedida con mariachis pedagógicos. Nada. Según Delgado, ambos habían acordado que el 15 de febrero sería la fecha de la renuncia. Y si no, que se procediera legalmente. Llegó el día y el director se aferró al escritorio como si debajo de éste estuviera la Constitución de 1917.

La Nueva Escuela Mexicana, nació con la promesa de transformar el enfoque educativo teniendo como prioridades la comunidad, el pensamiento crítico y la justicia social. Pero ningún modelo sobrevive si se vuelve pieza de museo. El episodio revela una verdad incómoda, en México discutimos la educación como si fuera religión. Cada ajuste es apostasía. Cada revisión, sacrilegio. Y en medio quedan las maestras, los maestros y las y los estudiantes, que no saben si su libro será quinteto, trilogía o edición de bolsillo.