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Circula un meme —nueva forma de manifiesto político— donde se le advierte a Donald Trump que, si osa tocar a AMLO o a Claudia Sheinbaum, la oposición se levantará, pero no para defenderlos, sino para salir una semana a festejar. Una semana de fiesta, cerveza y clases de inglés.

Por supuesto que se vale ser malqueriente de la 4T, de escribir panfletos contra el régimen, de prender veladoras por el neoliberalismo perdido. Eso entra en las libertades. Lo que no entra —ni con calzador— es la idea de que Trump venga a liberarnos como si fuera Benito Juárez con cachucha, con el lema: “Make in Mexico an Imperium again” (Hagamos de México un Imperio otra vez)

A Trump la oposición mexicana le importa 3,200 kilómetros de Príapo; el mismo desinterés que dice tener por el TLC. Lo que sí le importa —mucho— son nuestros recursos naturales, el control, el negocio, el territorio y ese concepto para él entrañable que llama “mi patio trasero”. Su idea de ayuda internacional es: “te ayudo, pero primero entrégame las llaves.”

Como la oposición no logra encontrar un líder con arrastre, se conforma con un libertador importado, en una especie de outsourcing patriótico: “No podemos solos, que venga el gringo a arreglar el changarro”. Con esto exhiben tres cosas: Un desconocimiento de la historia; una falta de patriotismo; y una ambición de poder que, vista de lejos, ya se parece bastante a la que tanto critican. Seamos honestos: cuando tu plan A es Trump, tu plan B es la intervención extranjera y tu plan C es el caos, quizá el problema no es sólo el gobierno.

Con la misma honestidad es necesario reconocer la polarización que en México se instaló en el sexenio anterior. Aquí no hay adversarios: hay enemigos. No hay errores: hay traiciones. No hay opiniones: hay bandos. Y así, mientras nos gritamos “chairos” y “fachos”, el dizque preocupado por nuestros problemas nos mira como quien mira una vitrina con apetitosas golosinas.

Por eso, la gran modificación pendiente no es tumbar a nadie, sino reconciliarnos entre nosotros. Tolerarnos. Escucharnos. Aceptar que podemos pensar distinto sin desear la intervención extranjera como si fuera un servicio de mensajería exprés. Pedirle ayuda a Trump para resolver nuestros asuntos internos es como pedirle a un pirómano que cuide nuestra fogata.

Donald Trump recurre al disfraz del “combate a las drogas” cada vez que quiere asustar países, ganar aplausos o justificar que alguien más pague la factura. “Vamos a acabar con los cárteles”, dice, mientras del otro lado de la frontera la sociedad estadounidense es, desde hace décadas, la más drogada, la más ansiolítica y la más adicta del planeta. En Estados Unidos no hay epidemia de drogas, existe la Serie Mundial de la Drogadicción. Allá la heroína se receta, la ansiedad se desayuna, el dolor se combate con fentanilo y la depresión se trata con cápsulas que vienen en frascos para toda la familia. Después, bien intoxicados, con una jeringa en la mano que señala al sur gritan: “¡El problema está en México!”

Y así aparece la tentación de convertir al narcotráfico en el pretexto ideal para la intervención. El “vamos a salvarlos de ustedes mismos”; “te ayudo, pero primero me llevo la televisión, el refri y el petróleo”. Y algunos opositores mexicanos, en su desesperación política, hacen fila con sombrero en mano, esperando que llegue el Tío Sam a regañar al gobierno, aunque de paso nos ponga una bota en el cuello. Lo curioso es que esa lógica es la misma que critican: el poder primero, la nación después.

Mientras tanto, los demás mexicanos seguimos viviendo en este país donde la polarización parece deporte extremo. En este ambiente, pedir que intervenga un señor que no distingue entre Groenlandia, Venezuela y una hamburguesa doble con queso, es una apuesta arriesgada.

Dos cosas: ningún país se salva a punta de memes; los invasores no llegan con mariachi.