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Tal vez lectoras y lectores de mayor edad recuerden el lema que encabeza esta columna. Eslogan al que ni nuestra generación ni las que siguieron le hicimos caso. Ahora, a partir del 1º de enero del año que balbucea, las autoridades de la Ciudad de México, regresaron al obligado asunto, esta vez de manera multicolor y con verdadero espíritu ecológico, con el objetivo de separar los deshechos por categorías. La pregunta es: ¿estamos preparados para ello?

La instrucción es clara y cromáticamente optimista: lo residuos orgánicos deben de introducirse en un contenedor de color verde; los inorgánicos reciclables en uno de color gris: a los no reciclables les corresponde el color naranja. Es decir, la basura se volvió semáforo. Lo que no es claro es dónde vamos a conseguir los botes, porque —detalle menor— prácticamente nadie en esta noble urbe cuenta con tres recipientes con el tamaño y el color adecuado. Pero no hay problema: las autoridades “prevén” entregar la mayor cantidad posible de contenedores en las viviendas. Aquí aparece el surrealismo administrativo: ¿cuáles viviendas?, ¿cuántas?, ¿a partir de cuándo? Porque el calendario no prevé sólo manda, y manda que el sistema empezó el primero de enero, ese día en que la mitad de la población todavía estaba decidiendo si el año comenzaba de verdad o teníamos que esperar un temblor como punto de partida.

Mientras tanto, la gente improvisa. Las familias han comenzado a separar la basura usando botes de pintura, cubetas de trapear y una maceta huérfana que convirtieron en “orgánica”. En una ciudad donde una pizza llega antes que el metro, uno aprende a sobrevivir con creatividad.

La segunda contradicción llega en ruedas: los camiones de basura no tienen compartimientos especiales para recoger los residuos separados. Es decir, usted se toma la molestia de clasificar con disciplina su basura, la saca a la hora correcta, el día especificado, se siente ciudadano ejemplar. Llega el camión de la basura y los trabajadores de limpia —esos héroes urbanos— la mezclan con la alegría de un DJ en un antro. Todo junto, todo revuelto, todo en la misma pista. La basura no distingue géneros. No porque los que recogen la basura no quieran, sino porque nadie los ha dotado de lo indispensable. Un simple ejemplo: no cuentan con guantes de uso rudo esos que evitan que una jeringa rebelde o un vidrio traicionero conviertan la jornada en un parte médico. La basura capitalina no sólo es diversa. también es punzocortante.

Así que tenemos un sistema que arranca sin botes, sin camiones adaptados, sin capacitación suficiente y con una rigurosa entrega por días que hace necesario un calendario especial para no equivocarse: Martes, jueves y sábado, residuos orgánicos. Lunes, miércoles, viernes y domingo, residuos inorgánicos reciclables y no reciclables.

Tal parece que el camino al basurero está pavimentado de buenas intenciones. La jefa de gobierno nos propone, con la mejor de las voluntades, una utopía más. Una ciudad donde todos se levantan temprano, separan con amor y sacan a tiempo su basura, los camiones recogen con precisión quirúrgica y la basura encuentra su destino final como quien encuentra su vocación. Una ciudad donde una cáscara de plátano sabe quién es y a dónde va. Una ciudad donde los botes de colores existen y los camiones no hacen mezclas indiscriminadas.

Separar la basura es una gran idea. Es necesario y urgente. Pero anunciarlo sin la infraestructura necesaria es como inaugurar una alberca sin agua: Sin embargo si no hay botes, no hay guantes, no hay camiones y no hay claridad, no se preocupen, siempre nos quedará el consuelo de saber que, al menos en el discurso, nuestra basura ya vive en una ciudad perfecta. Aunque nosotros todavía no.

Ultima hora: según los del camión de basura que pasa por mi casa, con sólo separar la basura orgánica es suficiente. ¿Será qué únicamente van a pasar martes, jueves y sábado?