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“… el que tenga oídos que oiga”.

Mateo 13:9-15

Hace algunos meses, de paso por Berlín, tuve la estrujante experiencia de visitar el museo de La Topografía del Terror. Un impactante espacio que fue inaugurado en 2010. Es uno de los memoriales más contundentes de Alemania y de Europa toda. Está construido exactamente sobre el solar donde se encontraban las sedes centrales de la Gestapo, las SS y la Oficina Central de Seguridad del Reich, es decir, el corazón administrativo del terror nazi.

Su singularidad no es solo temática, sino ética. No glorifica ni estetiza: el diseño es austero, casi clínico. El edificio expone documentos, fotografías y testimonios sin dramatización. El lugar es parte del mensaje: se camina literalmente sobre las ruinas del aparato represivo. La narrativa es administrativa: muestra cómo el horror no fue solo ideológico o emocional, sino burocrático, legal, sistemático y normalizado. El museo subraya la responsabilidad colectiva y demuestra que el nazismo no fue un accidente histórico, sino un proceso en el que participaron instituciones, políticos, legisladores, leyes, técnicos, juristas, empresarios, científicos y muchos ciudadanos comunes, de a pie, les llamamos acá en México.

En el fondo, el museo responde a una pregunta incómoda: ¿cómo una sociedad culta, moderna y avanzada pudo producir un sistema industrial de exterminio? Desde esta experiencia histórica personal, casi íntima, emergen paralelismos inquietantes con los nuevos populismos que hoy aparecen en distintas regiones del orbe.

Primero, el mal no entra gritando, entra por la vía democrática. El terror no comenzó con los campos de exterminio, sino con un lenguaje seductor, legal, ambiguo, los estados de excepción y la satanización discursiva del “otro”, del que piensa diferente. Los populismos contemporáneos no destruyen la democracia de forma abrupta, sino que la vacían desde dentro mediante reformas supuestamente benéficas para el “pueblo bueno”, concentración de poder en nombre del bienestar y linchamientos sistemáticos a jueces, prensa, grupos con visión y pensamiento distinto. El peligro no es únicamente el líder carismático, sino la normalización institucional de su discurso polarizante.

Segundo, la creación del enemigo necesario. El nazismo construyó figuras abstractas del enemigo —judíos, intelectuales, disidentes, minorías— como categorías deshumanizadas. Hoy se repite el patrón contra liderazgos contrarios, periodistas o minorías culturales, “la derecha”, “nuestros adversarios”. El mecanismo es idéntico: simplificar la complejidad social en un enemigo simbólico a quien se le canaliza el odio colectivo y su correspondiente estigmatización.

Tercero, el lenguaje como arma principal. El museo muestra cómo el terror fue posible porque se transfiguró el lenguaje: los cambios se llamaron transformaciones, el exterminio fue la solución final, la violencia se presentó como protección del Estado. En el presente, términos como noticias falsas, otros datos, enemigos del pueblo y verdad alternativa cumplen funciones similares. Cuando el lenguaje se vuelve maleable, la realidad misma se vuelve negociable.

Cuarto, la obediencia técnica y moralmente neutra. Muchos perpetradores no eran fanáticos ideológicos, sino cabezas de élites eficientes que cumplían con el liderazgo nacional a cambio de beneficios muy personales, grandes contratos y concesiones. Hoy el paralelismo se observa en algoritmos discriminatorios, sistemas de vigilancia masiva, inteligencia artificial sin marco ético y funcionarios que se refugian en la idea de que solo aplican la ley. El terror moderno no necesita ideología extrema; necesita eficiencia sin conciencia.

Quinto, el mito de la inmunidad histórica. La Topografía del Terror desmonta la creencia de que lo ocurrido en Alemania fue una anomalía irrepetible. El totalitarismo no es una excepción cultural, sino una posibilidad humana recurrente. Las sociedades actuales confían en sus constituciones, instituciones y tecnologías, olvidando que estas no piensan; las personas sí y, se supone, que siempre con un proyecto.

Desde una lectura más profunda, el terror emerge cuando se rompe la coherencia entre conocimiento, ética y conciencia. El sistema se vuelve eficaz pero ciego, entrando en una forma de entropía moral administrada. Los nuevos populismos no son una copia exacta del pasado, sino una nueva fase adaptativa del mismo error estructural: sistemas complejos que operan sin conciencia reflexiva.

En síntesis, La Topografía del terror es la fórmula recorrida que nunca más se debería repetir; éste no es un museo sobre el pasado. Es un manual negativo del futuro y hasta del presente. No dice simplemente “esto ocurrió”, sino “esto puede volver a ocurrir, de formas nuevas, más sutiles y quizá más eficientes” … y ocurre. Con frecuencia, el mal entra por la puerta de la democracia y vive para destruirla.