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Fue una fotografía lo que dio el impulso final a la campaña de reelección de Donald Trump en las elecciones de noviembre del año pasado.

Después de sobrevivir a un atentado en un mitin en Pensilvania, el fotógrafo de guerra, ganador de un premio Pulitzer, Evan Vucci, tomó una impresión que se convirtió en el referente del Trump sobreviviente, triunfante y valiente.

Rodeado por agentes del servicio secreto, con un hilo de sangre en la cabeza, con la bandera de Estados Unidos ondeando en un cielo azul, Donald Trump alzó el puño y la vista para cantar su victoria sobre la muerte. Fue tan perfecta la imagen que desató las más complejas teorías de la conspiración.

Trump cuida su imagen porque eso alimenta su narrativa de un líder carismático, es una forma de comunicar poder, superioridad y generar vínculos con su clientela política.

Por eso es comprensible que se quejara tanto de la imagen de la portada del más reciente número de la revista Time, porque si bien una fotografía en contrapicada que refleja grandeza y, en este caso, se ve hasta un halo de luz blanca, la realidad es que se le aprecia viejo, con poco pelo y con un evidente sobrepeso.

Más allá del criterio editorial para haber elegido esa fotografía, lo cierto es que la manera de ver a Trump cambia desde la perspectiva que se tenga de él.

Es un hecho que hoy el Presidente de Estados Unidos es un héroe para el pueblo israelí porque fue capaz de lograr la liberación de los últimos rehenes tras dos años de cautiverio a manos del grupo terrorista Hamás.

Desde la perspectiva árabe, europea y de muchos actores políticos internacionales, fue capaz de detener un genocidio en territorio palestino, tras la respuesta desproporcionada del ejército de Israel.

Pero, al mismo tiempo, desde la percepción de prácticamente la mitad de la población de su propio país, la mayoría demócratas, pero también republicanos, Donald Trump fue capaz de sacar las tropas de Gaza, y desplegar a sus propios soldados en las calles de muchas ciudades estadounidenses.

Los Ángeles, Washington D.C., Portland, Chicago, Memphis, ciudades en las que de forma unilateral desplegó a la Guardia Nacional sin consentimiento de las autoridades locales.

Y qué decir de las redadas de los servicios de inmigración que en muchas “ciudades santuario” detienen personas por su apariencia física para después averiguar su estatus legal.

Donald Trump tiene una base social muy fiel que siempre lo verá como él mismo, de hecho se ha presentado en sus redes sociales como Rambo o como el Papa, pero muchos otros perciben al Presidente de Estados Unidos como su propia imagen oficial para este cuatrienio, con una mirada rencorosa y un rostro amenazante.

Dentro de su país muchos ciudadanos no tienen una buena opinión de Trump por el manejo de la economía y la inflación, la política migratoria, el uso del poder presidencial para emprender venganzas políticas o hasta para enriquecer a su familia, en fin.

No hay duda de que Donald Trump es un personaje que ya está inscrito en la historia, lo que resta por saber es si su retrato para la posteridad será de héroe o villano.

Trump cuida su imagen porque eso alimenta su narrativa de un líder carismático, es una forma de comunicar poder, superioridad y generar vínculos con su clientela política.