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Leí ayer a Carlos Puig, aquí en MILENIO, sintiendo que me robaba los pensamientos o que ponía en orden impresiones acumuladas en torno al retorno de la política de balazos frente al crimen.

Dice Puig, en resumen, esta película ya la vimos, y la estamos empezando a ver de nuevo. Con un agravante: el crimen es más poderoso y extendido hoy que cuando se le declaró la guerra por primera vez, en el sexenio de Felipe Calderón.

Por tanto, serán más violentas las consecuencias, tanto en los actos de la autoridad, como en las respuestas del crimen, como en la luchas intestinas de las bandas por la eliminación de jefes y sicarios que van sufriendo en sus filas.

Eduardo Guerrero coincide con Puig en que se avecinan épocas más violentas, pues se oyen tambores de guerra.

Difícil imaginar más violencia que la que hay todos los días, pero el diagnóstico o la alarma va en ese sentido: si estamos en el principio de una nueva guerra activa contra el crimen organizado, lo que habrá es más violencia de la que hay, y en más espacios dominados por el crimen.

Un aviso nítido es la ejecución del delegado de la Fiscalía General de la República en Reynosa, con granadas y sicarios letales, a la luz del día y en la vía más pública posible.

Se trata de una venganza del crimen organizado del huachicol, no de las drogas, por las pérdidas que les ha infligido el decomiso de enormes volúmenes de gasolina ilegal y de sus transportes.

El huachicol: un negocio que no existía en 2006, que creció como la espuma bajo el anterior gobierno, como tantos otros, en particular, el de derecho de piso en todas sus variantes.

Hay más crimen, más criminales, mejor armados, mejor organizados, con mayor sentido de impunidad y hasta de invencibilidad.

Si lo que sigue es la guerra contra el crimen otra vez, será una guerra más sangrienta y difícil de ganar que la de antes.

Digo esto en el entendido de que la guerra nunca se fue. No hubo paz con la política de “abrazos no balazos”, sólo más violencia y más muertos.

Todo junto: una herencia atroz.