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Ahora que retiraron en la alcaldía Cuauhtémoc las estatuas de los comunistas Ernesto Che Guevara y Fidel Castro (que colocó Ricardo Monreal) recordemos que son dos figuras históricas que le fascinan a López Obrador: hasta nombró Ernesto a un hijo, en memoria del Che Guevara.

Dice López Obrador sobre el Che Guevara: “Soy idealista, admiro a los que ejercen el poder. Es el caso del Che. Y, si ser humanista es ser comunista, que me apunten en la lista”.

Dice López Obrador sobre Fidel Castro: Le comentaba yo a nuestro amigo, Miguel Díaz-Canel, nuestro hermano presidente de Cuba , de cuánta visión tenía el comandante Fidel Castro, un gigante de la historia al nivel de Nelson Mandela”.

Sólo durante el año 1957, el Che Guevara fusiló a 46 hombres. Lo explicó así en su libro Pasajes de la Guerra Revolucionaria (1963):

“Matar es el penoso deber de pacificar y moralizar, porque no se puede permitir ni el asomo de una traición”.

Para conocer sobre el Che Guevara se debe de leer Pasajes de la Guerra Revolucionaria, donde cuenta cuando mató a Echeverría, un compañero de filas, a quien describe como “todavía era un muchacho”.

Escribe el Che Guevara: “Su caso fue patético pues, reconociendo sus faltas, no quería, sin embargo, morir fusilado; clamaba porque le permitieran morir en combate, juraba que buscaría la muerte de esa forma pero que no quería deshonrar a su familia”.

A otro que fusiló fue a un joven apodado “El Maestro”, que había sido su única compañía cuando vagaba, con asma y solitario por la sierra. También mató al guerrillero Arístidio, porque vendió su revólver “por algunos pesos”.

En Pasajes de la guerra revolucionaria, el Che Guevara muestra dudas sobre el fusilamiento de Arístidio, y “si era realmente tan culpable como para merecer la muerte”. Sin embargo, enseguida justifica el crimen:

“Era necesario que se comprendiera la necesidad de hacer de la Revolución un hecho puro y no contaminarlo”.

Ese es el personaje histórico que encandila a López Obrador, un asesino que dejó escrito “Estoy sediento de sangre. El odio intransigente, que impulsa más allá de las limitaciones naturales humanas y nos convierte en una violenta, selectiva y fría máquina de matar”.

Sí, hombre, un “humanista”, un “cristiano”, como dice ser López Obrador, admira sinceramente a un matarife.