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Estamos envueltos en un manto de incertidumbre. Vivimos un momento crucial de la historia. Uno de esos instantes decisivos, que ocurren una o dos veces por siglo. Y nos queda un problema profundo: cómo vivir con la incertidumbre.
Tiempos así son de la filosofía. Los estoicos enseñan que las desventuras tienen que enfrentarse con perseverancia y valor. Punto. “Vive de inmediato. Acéptalo”, advierte Séneca.
Los epicúreos creen que no puedes elegir el momento que vives, pero sí puedes elegir tu actitud frente a ese momento. “Si vives conforme a la naturaleza, nunca serás pobre; si vives conforme a la opinión, nunca serás rico”, advierte Epicuro.
Prefiero a los epicúreos. Epicuro no buscó controlar ni vencer la incertidumbre. La acogió y trazó un arte de vivir con una receta clara: buscar el placer, pero no el desbordado y urgente, sino un placer sereno, armonioso, discreto.
En su jardín de Atenas, enseñó que hay dos tipos de placeres: los fugaces, que vienen y se van como el vino y la euforia; y los duraderos: que se nutren de lo simple, de la amistad, el descanso, el silencio. Los duraderos son los que sostienen el alma.
Para Epicuro, no hay contradicción entre incertidumbre y gozo. Saber que todo es incierto vuelve más valioso cada instante de paz. Una conversación al atardecer. Un pan recién horneado. El frescor de la sombra en el mediodía.
Los placeres del cuerpo son breves, escribió. Pero los del alma (como la libertad interior o la reflexión tranquila) no dependen del clima, ni del gobierno, ni de los precios. Y es por eso que los placeres del alma valen más.
El placer, bien entendido, es una forma de sabiduría. No se trata de renunciar, sino de elegir. No perseguir lo que abruma, sino aquello que acompaña. La copa de vino puede ser dulce, sí. Pero la embriaguez nunca lo es.
Saber decir “esto basta” es un acto de libertad. Quien sabe detenerse tiene el poder. La mesura no es resignación, es una conquista y la mejor manera de vivir en la incertidumbre: con firmeza, pero sin prisa.
Epicuro no dejó un dogma, dejó una actitud: valorar lo que tenemos sin temor a perderlo, disfrutar sin devorarlo, vivir sin acumular. Parece ilusionismo del lenguaje. Pero en épocas complicadas, la simplicidad es la solución final.
“La sencillez es cualidad de almas buenas”, escribió Machado. Y remató, en su poema Retrato:
“Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”.
No hay antídoto contra la incertidumbre. Pero hay modos de vivirla con dignidad: en la afabilidad, con medida y alma noble. A eso llamaban sabiduría los antiguos. Porque no puedes elegir el momento que vives.
Pero sí puedes elegir tu actitud en el momento que vives.