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Hacia finales del siglo XVIII, concretamente en 1798, los Estados Unidos tenían apenas 22 años como país independiente. El presidente Adams promovió la adopción de una ley controvertida que se llama ley de enemigos extranjeros. Esta ley, cuando todavía no se había legislado sobre migración, otorga poderes al Presidente de los Estados Unidos para detener o expulsar a los extranjeros que él considere peligrosos para su país, aún si no estuviera en estado de guerra.

La Constitución de los vecinos establece que solamente el Congreso puede declarar una guerra. La ley de referencia le da poderes al Ejecutivo para brincarse ese requisito y perseguir a sus indeseados. Por ahí creo que andan los mexicanos, dentro o fuera del territorio estadounidense: especialmente -según leen la ley en la Casa Blanca de hoy— si pertenecen a organizaciones calificadas como terroristas.

La ley fue diseñada para combatir posible espionaje, y solamente ha sido utilizada en tres ocasiones. En la guerra de 1812, que es la guerra contra Gran Bretaña por la independencia, en la Primera y la Segunda Guerra Mundial. El uso de este instrumento tiene mala fama. Durante las dos guerras mundiales fue utilizada para perseguir a los inmigrantes alemanes, japoneses, italianos o del imperio austrohúngaro solo por su origen. Una de las más vergonzantes páginas de la historia de los Estados Unidos, por la que tuvo que pedir perdón, fue el  confinamiento de japoneses en California de 1942, en condiciones inhumanas, por el solo hecho de ser de ascendencia japonesa.

La redacción es lo suficientemente confusa como para ser interpretada a voluntad del presidente, que puede invocarla estando en guerra o si un gobierno extranjero amenaza o inicia “una invasión o incursión predatoria” a los Estados Unidos. Es a juicio del presidente cómo definir la incursión predatoria. El tráfico de fentanilo o la invasión de indocumentados encaja en la lógica trumpista.

El grave problema que los mexicanos tienen con el actual inquilino de la Casa Blanca es que es totalmente impredecible y por lo mismo puede tomar cualquier decisión en un sentido u otro. La señora Sheinbaum ha jugado -aparentemente con inteligencia- a apostarle al tiempo y no adelantarse a lo que probablemente no ocurra. Lo sabremos en la batalla del dos de abril, cuando Trump anuncie los aranceles recíprocos.

O no lo haga.

O saque de pronto el as de la manga de la ley de 1798 para aplicarla preventivamente a los mexicanos narcotraficantes, considerados terroristas.

PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas):  Hay una sola pregunta que la señora Presidente no quiere ni puede responder: ¿cuántos campos de tortura, asesinato y cremación de seres humanos nos falta descubrir? ¿Serán las madres que buscan a sus hijos las que harán el trabajo que le corresponde al gobierno?

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