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Dicen que es mejor tener un seguro y no usarlo.

Las finanzas públicas sanas, los fondos de estabilización, la inversión pública productiva, el reencauzamiento del negocio petrolero, la certeza jurídica, todo eso y más formaba parte del seguro que tenía México, hasta antes de López Obrador, para hacer frente a una catástrofe… y Donald Trump es el siniestro.

Un seguro no evita una calamidad, pero permite paliar al menos una parte de la pérdida, haber conservado esas virtudes que tenía la economía mexicana no evitaría los daños comerciales, pero permitirían al país tener mayor resiliencia.

La firma calificadora Fitch Ratings, como la gran mayoría de los grupos financieros y de análisis, advierte sobre los riesgos económicos para México y Estados Unidos por el comportamiento errático de Donald Trump.

Pero añade a la lista de posibles efectos la eventual degradación de la calificación crediticia de la deuda mexicana, que, en las principales firmas calificadoras, se encuentra en los últimos escalones antes de caer en la categoría de papel basura.

Las posibilidades de una recesión son cada vez mayores, ahí están los datos de la actividad industrial hasta diciembre pasado y la baja de -1.4% en la comparación mensual y de -2.4% en términos anuales.

Pero incluso si se presentaran dos trimestres consecutivos con registro negativo del Producto Interno Bruto, en el escenario actual, sin considerar la aplicación de aranceles, el anticipo es de un aterrizaje suave, como parte natural de los ciclos económicos.

Sin embargo, hablar de una degradación crediticia que acompañe a esos malos números sí cambia el panorama de la economía mexicana, porque si se pierde el grado de inversión, los costos financieros que acompañan a esa condición serían muy elevados.

Políticamente la tiene fácil el régimen porque le puede echar toda la culpa al Presidente de Estados Unidos, es más, ayuda a alimentar el discurso nacionalista y esa vertiente del “Másiosare” que ha empleado la presidenta Claudia Sheinbaum.

Pero en realidad, una baja en la calificación de la deuda soberana de México tendría más bien una explicación en la forma como el régimen ha minado la estabilidad financiera del país, que ha perdido su capacidad de resistir los embates externos.

Durante más de 20 años los gobiernos de este país crearon un fondo contingente, que, en el caso del Fondo de Estabilización de los Ingresos Presupuestarios, López Obrador recibió con 279,770 millones de pesos y dilapidó durante los primeros meses de su gobierno.

La Secretaría de Hacienda, de Rogelio Ramírez de la O, hizo un gran esfuerzo al cierre del año pasado para acumular un saldo de 97,000 millones de pesos, pero es una sombra de lo que debería haber ya en ese guardadito.

La condición de Petróleos Mexicanos, en el nombre del estatismo, se mantiene como un riesgo financiero. Vamos, hasta el proceso de desmantelamiento del Poder Judicial y su impacto en la confianza se ubica como un pasivo para la estabilidad.

En fin, México se había preparado para un momento complejo que fuera incontrolable, como el actual, pero ante los riesgos que hoy implica Donald Trump, hay condiciones de debilidad auto infringida en las finanzas públicas que amenazan con una degradación crediticia.