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Hace 10 años, Brasil era una de las estrellas más brillantes del mundo emergente, se convertía en leyenda la historia idílica de cómo un obrero metalúrgico era capaz de escalar hasta la presidencia y llevar al camino del desarrollo al gigante sudamericano.

El país de moda se ganó la sede de la Copa Mundial de Futbol y los Juegos Olímpicos, algo que resulta altamente compatible con la fama, pero no con un manejo financiero que no sea estricto.

El milagro brasileño no fue acompañado de una disciplina fiscal, de un respeto a las leyes, de un combate a la corrupción y de una conciencia colectiva de que aquello de “milagro” era útil para la propaganda, no para enfrentar la realidad: al final del día, los rezagos sociales no se acabarían de la noche a la mañana.

A la vuelta de una década, la economía brasileña tiene mejoras incontrovertibles. Pero al mismo tiempo deja ver los saldos por pagar de una mala conducción política y financiera: la inflación es alta, la economía está en recesión, la confianza en su clase política está por los suelos y sus finanzas están comprometidas.

La degradación de la calificación crediticia que recetó Standard and Poor’s a la deuda brasileña es consecuencia y no causa de la mayor inestabilidad que parece que tendrá ese país hacia adelante.

La nota “BB+”, en perspectiva Negativa que le ha dejado la calificadora, está por debajo del último escalón de lo recomendable del grado de inversión.

Llamar a esta calificación una de papel basura puede ser injusto, porque en ese mismo bote de desperdicios financieros estarían las deudas de Grecia, Venezuela o Puerto Rico y la verdad es que Brasil no está cerca de alguno de esos escenarios. Sin embargo, es parte de lo que ocurre en un círculo vicioso, donde una calamidad lleva a la otra. El desprestigio financiero es ahora uno más de los problemas que debe enfrentar Brasil.

Y así como a los cariocas no los podemos comparar con sus vecinos venezolanos o con la tragedia griega, tampoco podemos comparar la condición financiera mexicana con la que enfrenta Brasil. Sin embargo, la historia de las pifias brasileñas sí merece que pongamos las barbas mexicanas a remojar.

Este país ya cruzó alguna vez por el violento despertar del sueño de llegar al primer mundo, ocurrió a mediados de la década de los 90. Pero no hay que perder de vista que los más acelerados hablaban a principios del 2013 del Mexican moment, ante la expectativa de que el gobierno de Peña Nieto cambiaría para bien la realidad nacional.

Ese momento mexicano duró menos que un suspiro y si bien se hicieron reformas estructurales, la realidad es que la ejecución de muchas políticas públicas ha sido insuficiente. Y claro, el mundo no ayuda.

México tiene una calificación crediticia de Standard and Poor’s para su deuda de largo plazo en moneda extranjera de “BBB+”, que es un grado medio dentro del privilegio del grado de inversión y con una perspectiva Estable.

Pero hay riesgos que se tienen que prever, desde los factores externos como la depreciación cambiaria y el futuro aumento de las tasas de interés. Y sobre todo los factores internos, un déficit fiscal abultado ante las bajas expectativas de ingreso petrolero y un aumento sustancial de la deuda pública.

Brasil y su circunstancia están muy lejanos de nosotros, pero nada peor que confiarnos y dejar crecer esas malas semillas que hoy están a la vista.