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Una reunión de Halloween. Mediados de los años noventa. Fui con mi amiga María de la Paz Silva Contreras al departamento de su hermana María del Carmen, en la Roma Norte. Maripaz me pidió contarles historias de terror a su sobrina y sus amigas: todas en la adolescencia.
Les narré las fábulas que relataba mi padre para dormirnos. Venían de abuelos y bisabuelos del norte de España, de las Islas Canarias, de Nigeria: terroríficos. Eran las canciones de cuna en nuestra infancia. “Si no drume, yo te traigo un babalá, que da pau pau”, recitaba Luis Carbonell.
Y conté:
Una noche iba un hombre a caballo por el monte. Encontró un bebé llorando y lo subió a la parte de atrás de la montura. Al rato, sintió que el caballo sufría para avanzar, hasta que se detuvo en medio de la sabana. El hombre miró hacia atrás para ver cómo estaba el niño.
Al bebé se le habían estirado tanto los pies, que impidieron al caballo seguir el trote: y también le crecieron los dientes hasta chocar con la grupa. El hombre se aterró y el niño le dijo con voz cavernosa: “Esto te pasa por recoger lo que no debes; ahora devuélveme adonde me encontraste”.
Una vez, mi papá fue de madrugada a la orilla del río a mudar la vaca de sitio para que, al amanecer, tuviera mejor pasto. Iba con su perro. Al pasar frente al bohío del Neno Abreu, dedujo que el Neno estaba fumando tabaco en un sillón del portal: un punto de fuego se columpiaba.
Fue a saludar al Neno. Mientras se acercaba, el perro gruñía y mostraba los colmillos blancos en la oscuridad. Llegó a la entrada y el balance estaba vacío; la pavesa del puro se mecía sin mano que la sostuviera. El perro empezó a aullar. Mi papá escapó despavorido. Jamás volvió a ver al perro.
Las niñas estaban sentadas en corro. Silenciosas, escuchaban. Habían decorado el cuarto con máscaras, cascabeles, velas. Las llamas titilaban.
Y recité el poema Para dormir a un negrito, de Emilio Ballagas:
Si no calla bemba
y no limpia moco
le va′ abrí la puetta
a Visente e′ loco.
Si no calle bemba,
te va′ da e′ gran sutto.
Te va′ a llevá e′ loco
dentre su macuto.
Ne la mata ′e güira
te ñama sijú.
Condío en la puetta’
etá e′ tatajú…
Hace dos semanas recordé aquella noche de mediados de los noventa, porque escuché en la radio que la chica anfitriona de la reunión de Halloween, la sobrina de mi amiga Maripaz, superó a Shakira y se convirtió en la latina con más Latín Grammys en la historia, con 18 premios.
Se llama Natalia Lafourcade Silva.