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Hace una semana la vida política y financiera de México y, sin exagerar, del mundo, se agitó con aquel mensaje del presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, de amenazar con aranceles a México y Canadá si no tomaban acciones para frenar los flujos de drogas y migrantes a su país.

El primer ministro canadiense, Justin Trudeau, levantó el teléfono y desactivó temporalmente esa intimidación.

En México, primero llegó la bravuconada de advertir aranceles espejo y después se entendió el trasfondo de esta amenaza específica y entonces sí, se levantó el teléfono y una llamada entre Donald Trump y la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, desactivó, también temporalmente, ese aviso arancelario.

Ya para el viernes veíamos las cosas de una forma diferente, sí amenazante, pero focalizada en los temas que exigía el futuro presidente de Estados Unidos.

Tardó la respuesta correcta, pero la verdad es que el manejo de la crisis por parte del gobierno mexicano, específicamente de la presidenta Sheinbaum, fue el adecuado. Al menos para dar tiempo de tender puentes con la administración Trump y matizar los inevitables impactos futuros de sus arrebatos.

Ahora, haber superado esa primera crisis bilateral con el futuro gobierno estadounidense no libra a México de la larga lista de calamidades que hacen que hoy esta economía sea menos confiable de lo que solía ser.

Hasta antes del coletazo autoritario de López Obrador, con su batería de rencorosos cambios constitucionales, el principal tema de discusión era la situación financiera de Petróleos Mexicanos.

El maquillaje presupuestal que le han aplicado mantiene el problema de la petrolera y añade un reto más para unas finanzas públicas descompuestas y con dudas de la habilidad para reencausar la salud macroeconómica que haga a México merecedor de mantener el grado de inversión.

Este país perdió la autonomía de su Poder Judicial, ya estaba poseído el Poder Legislativo; hay organismos autónomos cooptados como el electoral y otros desaparecidos que ponen en entredicho la calidad democrática de México.

Antes de que Donald Trump lanzara ese primer obús, que anticipa lo que viene con su segundo periodo, México ya levantaba dudas sobre su futuro como una economía emergente confiable para las inversiones.

Durante la última semana vimos un gobierno mexicano capaz de asumir un liderazgo firme en sus relaciones exteriores, algo que se había mantenido al nivel de la mediocridad del mandatario anterior.

Hoy vemos operativos en contra de traficantes de personas en Chiapas, decomiso de mercancías chinas ilegales en la Ciudad de México y una postura de pares con el presidente Trump.

Omar García Harfuch empieza a hacer una diferencia frente a la impericia y negligencia de las autoridades encargadas de seguridad el sexenio pasado.

La autoridad fiscal se ve más suelta en su papel de expertos en la hacienda pública, sin la correa tan apretada desde la otra ala de Palacio Nacional.

Sin embargo, hay muchos lastres que le pesan al país, a su economía y a su gobierno, que difícilmente se pueden soltar.

El tamaño del reto que implica para México la administración Trump debería hacer reconsiderar muchos asuntos internos que estorban, que sobran, a un gobierno que en la última semana se dejó ver diferente, muy diferente, de lo que había.