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Encontré un jarrón de cristal, abandonado en la barda del chalet de Ernest Hemingway, en Cayo Hueso. Ahora está en el alféizar de mi ventana, con agua y un anturio de flores rojas. Ah, ese jarrón: me trae el júbilo de un niño que mira sus recuerdos guardados en una caja de zapatos.

Hay una frase de Santayana sobre el encanto perdurable del cristianismo: “Es el perfume que queda en un jarrón vacío”. También Hemingway conserva su hechizo, aunque va de capa caída aquello que lo convirtió en el Dios de Bronce de la Literatura norteamericana.

El Dios, porque inventó una manera de escribir: oraciones afirmativas y cortas. Verbos. Cero adjetivos. Sin afectación, con un rigor lúcido que elimina lo innecesario. Por eso, muchos pueden imitar a García Márquez; nadie a Hemingway.

Pero leer libros está en desuso. Nuestra sociedad altamente tecnificada, provee tal copiosidad de información que crea, al final, una notable ignorancia. Muchos consideran un adorno cultural la capacidad de reflexión que sólo puede aportar un libro.

Y de Bronce, por el color de su piel durante las cacerías en las praderas de África; las tardes en tendidos de sol de las corridas de toros; las pesquerías en la corriente del Golfo; tiro al pichón y peleas de gallos en el trópico cubano.

Sin embargo, los placeres hemingwayanos se encuentran bajo prohibiciones legales en medio mundo. O en la mirada desaprobatoria, incluso, de los más leales lectores de Hemingway. Nuestro minuto de la historia es menos épico.

Mas: la literatura, la filosofía, las artes, la historia; es decir, las humanidades, son eclipsadas por la creencia artificial de que, sin nivel de instrucción, todo se puede encontrar en la web. Pero la web mal usada sólo ha traído al mundo el liderazgo de los payasos.

Por eso guardé el jarrón, y lo llené de agua con la inflorescencia del anturio: para que no esté vacío, y me recuerde que nunca antes los seres humanos han estado más desorientados que hoy.

Porque el anturio posee una fuerza más. Es perdonable confundirlo con el lirio, la flor bíblica: “Que se alegre el desierto, tierra seca; que se llene de alegría, que florezca, que produzca flores como el lirio, que se llene de gozo y alegría”.

Se confundió hasta Martín Lutero, quien durante su permanencia en la fortaleza de Coburgo, tomó el anturio de flores rojas para diseñar su escudo, en la idea del storgé: el amor por la familia, en las cinco formas de amar para los antiguos griegos.

A mí, el anturio me recuerda la filia, que es la alegría causada por la presencia de algo que nos provoca gozo o provecho.

Como ese jarrón, en mi ventana.