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Tenemos que vernos a la orilla de una mar inmensa e impedecible. Mañana estaremos a quince exactos días de las elecciones más importantes de este siglo para los Estados Unidos. De su resultado nos solamene depende un cambio radical en todos los sentidos de sus políticas: por razones más que obvias  repercutirá en el destino de México. El peculiar sistema electoral de nuestros vecinos, en el que el resultado directo de los comicios y las urnas no es estricta y únicamente el que determine el fallo, complica el asunto de los pronósticos de resultados, disciplina de suyo riesgosa.

Allá, cada estado tiene, de acuerdo a su población, un número determinado de votos electorales, de grandes electores que determinan quienes resultarán presidente y vicepresidente del país más poderoso del mundo.En total son 538; California tiene 54, Texas 40 y Florida 30 y son los mayores. La cifra mágica para ganar es 270. Técnicamente, los electores pueden votar por quien quieran; hay un compromiso implícito de votar en el mismo sentido del voto popular, pero puede pasar que gane el que perdió en las urnas.

En las elecciones de hace cuatro años, Donald Trump hizo llamadas a algunos gobernadores sus amigos para que influyeran en los grandes electores. Eso, y la invasión del Congreso el seis de enero de 2021, azuzada por él a dos semanas de la toma de posesión de Biden, puso al sistema democrático de los Estados Unidos en grave riesgo.

Si a eso agregamos la intensa polarización, impulsada por Trump, de los norteamericanos que  votan, nos encontramos con preferencias muy parejas entre Trump y Kamala Harris, al grado que es muy previsible que si pierde los comicios Trump desconozca el resultado. ¿En dónde hemos escuchado algo así?

La polarización de las posturas de los candidatos nos lleva entre las patas. Según su vociferante campaña, Trump promete imponer enormes aranceles a los autos y otros productos  importados de México bajo el supuesto de que son chinos disfrazados. Si a eso se añade una radical postura anti inmigrante y la continuación demagógica del muro fronterizo de contención, eso ha puesto a la expectativa por un lado a los grandes inversionIstas de aquí y de allá, y a la población migrante. Aunque del dicho al hecho hay cierta distancia, no hay que descartar las amenazas.

En esta perspectiva el voto de los hispanos en Norteamerica -que es mayormente mexicano- adquiere un peso específico que puede ser decisiva si nos lo proponemos. Los hispanos somos la primera minoría étnica. Sin embargo somos al mismo tiempo el grupo social más apático a ejercer su derecho al voto, por herencia de tradiciones llevadas de nuestros países de orígen, por la escasa cultura cívica que arrastramos o por lo que diga el sereno. Los anolistos consideran que en los últimos cuatro años esa cultura del abstencionismo, que aquí llamamos mevalemadrismo, se haya modificado por la creciente asimilación de los nuevos migrantes a la corriente dominante de la sociedad de allá.

Yo tengo mis dudas.

De cualquier manera, y sea el resultado que sea, la sociedad norteamericana ya no será la misma en los próximos años. La nuestra tampoco.

PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO, (Mientras me definen si son peras o los mismos olmos de antes): Ayer en los programas de análisis político de los domingos en la televisión gringa escuché por primera vez a Kamala Harris mencionando que su presidencia tendría su tono y modalidades específicas de su formación, experiencia y convicciones, sin que esto signifique una ruptura con el presidente Biden. ¿Lo escuchó, señora Presidente? Es tiempo de mujeres.

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