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Alexander Graham Bell fue considerado el inventor del teléfono hasta que en 2002 se reconoció al italiano Antonio Meucci como el verdadero innovador. En 1854 con su “teletrófono”, Meucci pudo conectar su oficina con la habitación de su mujer que se encontraba delicada de salud. Fue hasta 1973 que se realizó la primera llamada sin cables y en la década de los 90 aparecieron los teléfonos móviles. Los avances tecnológicos han sido vertiginosos, llevamos un Aleph borgiano en nuestras manos: “El lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”. Y sí, nuestros móviles son computadoras, bibliotecas, mapas, medios de pago, diccionarios, redes sociales, llaves, cámaras fotográficas y sirven para hablar con otras personas en cualquier lugar del planeta.

Todavía me cosquillea la década de los 80 cuando llamaba por teléfono a mi novio: se me paralizaba el corazón si me contestaba su madre o su padre y, cuando lo hacía su hermano el bully, me quería morir de vergüenza. Evoco la sensación de meter el dedo por el disco del aparato y esperar a que regresara para seleccionar el siguiente número. Las llamadas debían ser rápidas porque eran muy costosas, las internacionales salían en un ojo de la cara: nos comunicábamos solo lo necesario y nadie hacía llamadas a deshoras. Había una sola línea en cada vivienda, el teléfono era familiar y nadie debía apropiárselo. En esa época nuestra memoria solía retener varios números de teléfono. La pregunta obligada era: ¿me das tu número? (a falta de papel a veces se apuntaba en la mano), y no: ¿me pasas tu whats? Si en casa levantabas el auricular desde alguna habitación y alguien estaba hablando en ese momento podías escuchar la llamada y te disculpabas colocando el teléfono de regreso. Esa delicadeza ha cambiado: ahora escuchamos sin ton ni son las llamadas de propios y desconocidos. Por medio de los parlantes del teléfono nos enteramos de las cuitas ajenas en las salas de espera de los médicos, en las filas, en el gimnasio, en la calle, en la oficina, en los museos. Escuchamos mensajes de voz de extraños a volúmenes groseros, en los restaurantes los comensales charlan a grito partido con personas que no están alrededor de la mesa.

Alzar de manera ruda la voz tiene una explicación: el llamado reflejo Lombard. El ser humano tiende a levantar la voz cuando se encuentra en ambientes ruidosos y modula el volumen en relación al sonido más alto —la cortadora de pasto, una discoteca, una reunión— y a pesar de estar cerca de nuestro interlocutor le gritamos. Los teléfonos móviles nos acompañan en esas situaciones.

Los fantásticos y necesarios avances tecnológicos deben ir de la mano con la educación y las buenas costumbres. Si recibimos una llamada telefónica mientras estamos en una comida o sitio público lo correcto es apartarnos donde no molestemos. Y recuerde, si usted trae audífonos el volumen de su voz se incrementa y sus llamadas pueden ser escuchadas desde muy lejos.