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El presidente que se va le hereda a la presidenta que llega un país peor que el que le heredaron a él.

Se extiende la certidumbre de que el presidente que sale quiere ejercer un Maximato, una Presidencia donde quien manda es el presidente que sale y quien obedece es la presidenta que entra.

Hay dos preguntas claves en esta coyuntura. Una: ¿se retirará el Presidente para dejar gobernar a su sucesora? Dos: ¿Si el presidente que sale no se retira, se someterá la sucesora a su sombra?

La respuesta a la primera pregunta está clara en la opinión pública: López Obrador no se retirará, querrá manejar el país a trasmano.

Tiene fichas para eso: más de la mitad del gabinete del nuevo gobierno, la mayoría calificada en el Congreso, los gobiernos estatales de Morena, la cercanía con las fuerzas armadas, una alta aprobación de su gobierno.

¿Cuánto aceptará la presidenta electa este proyecto de Maximato? No lo sabemos. Parece consciente de la camisa de fuerza que hereda, pero se dice de acuerdo con ella.

Su acuerdo no tiene sentido en la lógica del poder. Nadie con poder se deja poner una camisa de fuerza del poder que se va.

Se habla mucho de las opresiones del Maximato, pero se subrayan poco sus conflictos de poder por el poder mismo.

Digan lo que digan las versiones sucesorias sobre el acuerdo entre quien se va y quien llega, hay algo en la química del poder que aparece con su propia fuerza a la hora de marcar quién manda.

Lo que el presidente que se va plantea es que su sucesora será su contenta cautiva. Lo que nos dice la historia es que no hay poder sin ganas de poder, no hay poder que quiera someterse de antemano.

La presidenta electa ha demostrado una notable capacidad de plegarse sin resistencia, pero todavía no tiene el poder formal de ser presidenta en funciones.

No creo que su pleito vaya a ser por el proyecto de nación que le heredan, pero sí por quién manda.