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Los tres primeros años de Peña han sido de un crecimiento casi plano y 
no ha habido el despegue prometido.

No se parece mucho el boceto económico que ofreció el gobierno al inicio de este gobierno con la fotografía de lo que ha ocurrido en este tema durante la primera mitad del gobierno de Enrique Peña Nieto.

La idea era que a estas alturas las reformas estructurales hubieran dado ya resultados cercanos a lo espectacular y que el regreso a los tiempos del creciente gasto gubernamental se notara en los índices de crecimiento económico.

Pero no, los tres primeros años del gobierno de Enrique Peña Nieto han sido de un crecimiento casi plano. No de recesión, pero tampoco del despegue prometido.

Hay factores internos que han implicado ese freno, aunque ciertamente la mayor responsabilidad de lo que pasa dentro de la economía mexicana son factores importados.

Quizá el más grande acierto económico en lo que va de este gobierno es haber propuesto y logrado una reforma energética que para su fortuna se encontró con un buen ánimo de una mayoría en el Congreso para llevarla más allá de lo propuesto por el gobierno federal y se logró una modificación que ni los más estrictos tecnócratas del país habrían imaginado en sus sueños más salvajes.

Incluso la reforma legislativa más importante en muchas décadas enfrentó sus desventuras. Internamente, uno de sus costos fue el intercambio que se hizo de la reforma energética de la mano de la derecha a cambio de una espantosa reforma fiscal que se dejó en manos de la izquierda.

Bueno, es tan adverso el resultado que hasta los propios perredistas impulsores del Frankenstein fiscal hablan ya de indispensables cambios para contener los efectos negativos de su engendro.

Y en la parte externa, la mala fortuna de haber decidido finalmente la apertura del sector energético en coincidencia con el derrumbe estructural de los precios, lo que además hace de la crisis de los precios del petróleo una nueva normalidad en la industria energética.

La relación petróleo-dólar es tan estrecha que el derrumbe del hidrocarburo provoca en automático la revaluación del dólar.

La depreciación no ha dejado hasta esta fecha del informe efectos en la inflación, pero sí tiene impacto anímico en muchos agentes económicos que pueden autocumplir la profecía de provocar una crisis económica.

Total, que lo que tenemos hasta hoy es uno de los más bajos crecimientos económicos a estas alturas de un sexenio y un panorama financiero amenazante por el cambio de la política monetaria de Estados Unidos y por la misma baja estructural de los energéticos.

La pregunta es si la respuesta que se dará en el mensaje político de mañana será de culpar de todos nuestros males a las calamidades que llegaron del exterior o si se plantearán soluciones internas efectivas para que la segunda mitad sea mejor.

Lo que está claro es que cualquier cosa que se proponga el gobierno federal como cambio legal para lo que resta del sexenio lo podrá hacer sin problemas, salvo cambios constitucionales, ante la realidad de que hoy tienen una mayoría de facto en el Congreso.