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Los debates preelectorales entre candidatos a puestos importantes se inventaron en los Estados Unidos de John F. Kennedy aplastando a un Richard Nixon sin rasurar y con aspecto impresentable. Lo menciono porque desde sus inicios y concepto, los debates políticos han sido –allá y aquí- meros juegos de artificio escénico en los que la forma predomina sobre el fondo.

Eso los ha hecho, especialmente en el campillo político mexicano, unas farsas disfrazadas de ejercicio democrático para hacer un listado de agresiones verbales, descalificaciones, diatribas y acusaciones sin sustento de uno contra todos los demás. En consecuencia, nadie puede hablar de ser el vencedor, aunque todos los participantes suelan decirlo.

El debate de los aspirantes a gobernar la ciudad capital el domingo pasado fue una insípida, ridícula muestra de la pobreza de la política mexicana. Sin propuestas, sin análisis serio, sin diagnóstico de los no pocos problemas que tiene la Ciudad de México, sin esperanza. Y así vamos a “la grande”, en donde la favorita del gran elector tiene tremendos temores de que su impericia retórica quede en evidencia que derrumbe las infladas estadísticas de las encuestas a modo.

Pues eso. Mientras tanto, ya van 24 candidatos, precandidatos o aspirantes a puestos políticos menores que han sido asesinados.

PARA LA MAÑANERA (Porque no me dejan entrar sin tapabocas): Proverbial es que agua y aceite no se mezclan. Casualmente ayer, aniversario de la expropiación petrolera, los dos problemas más importantes que tiene México estuvieron presentes en la conciencia nacional aunque noles merezcan atención ninguna ni en los debates ni en las mañanitas del presidente López.

El país se encuentra inmerso en una crisis hídrica de consecuencias impredecibles. La mayor parte del territorio nacional tiene “lluvias ocasionales” y poco probables. Desde luego, con la certeza de que no serán suficientes para reabastecer las escuálidas presas que se supone deben irrigar al campo y además calmar la sed de las ciudades cada vez más grandes, cada vez más pobladas, cada vez más contaminadas.

En la ora esquina de este drama está la impagable deuda de Pemex: la ineficiencia de todas sus administraciones y el juego de corrupción que encareció la relación de costo/beneficio en los procesos de producción, para favorecer al clientelismo electoral y al charrismo sindical juntaron sus fuerzas para acumular una deuda que se estima en más de cien mil millones de dólares norteamericanos. Detrás de la cifra hay una acechanza: la permanente tentación de las calificadoras mundiales de fusionar la deuda de la empresa paraestatal a la deuda soberana, que es la que debe el país entero, todos los mexicanos, además de lo que debe Pemex. Si ello llegara a ocurrir, la calificación crediticia de México se desploma, imposibilitando el acceso a nuevos créditos que –a juzgar como lo va a dejar la presente administración- serán indispensables.

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