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Como político cuyo santón es Fidel Castro, una gran frustración del presidente de México es dejar el poder habiendo podido molestar sólo con babosadas a Estados Unidos, porque en la geopolítica de su época se puede jugar con la cadena, pero no con el perro.

Por eso, apenas pudo dar una entrevista a un portal ruso de pacotilla de 30 mil suscriptores para vengarse de la filtración de la DEA que reveló, al estilo del juicio a García Luna, que según testigos protegidos, el narco le dio dos millones de dólares en 2006.

Le habría gustado plantar cara al imperio, como siempre elogia que hizo Fidel Castro, por haber sido un “un visionario y un gigante, un ejemplo de resistencia ante Estados Unidos”. Pero no pudo. Él no es Fidel Castro.

Por eso le tuvo que dar para atrás a su acuerdo con Vladimir Putin de instalar en México para uso doméstico el GPS que Rusia utiliza para lanzar cohetes guiados, espiar opositores y conducir bombardeos, que ya opera en Nicaragua y Venezuela.

A la prohibición de Washington de tal aventura, el presidente mexicano respondió con una tontería similar a la entrevista al portalito putinesco: creó un grupo prorruso en el Congreso, encabezado por Fernández Noroña.

El embajador ruso, Viktor Koronelli, fue autorizado a difundir en el Senado y la Cámara de Diputados propaganda en favor de la invasión a Ucrania, aplaudido por Martí Batres, Alberto Anaya y otros turistas revolucionarios a Cuba, Norcorea y Venezuela.

El presidente también se tuvo que alinear a Washington al votar contra Rusia en la resolución de la Asamblea General de la ONU que pidió el “cese de hostilidades” en Ucrania y la retirada de las tropas rusas.

Rusia perdió con total de 141 votos en contra y siete a favor. Ni siquiera Cuba se atrevió a votar a favor de la invasión: menos podría haberlo hecho el presidente de México, que solicitó a la ONU nombrar a la antimperialista Cuba “Monumento de la Humanidad”.

A la prohibición de Estados Unidos de votar a favor de su aliado ideológico ruso, el presidente mexicano respondió con otra pequeñez: convirtió a México en el país del mundo con más espías rusos autorizados por el gobierno, con 85.

Pero Estados Unidos sabe hasta quienes son los tatarabuelos de esos espías. Vamos, si a través de Guacamaya Leaks sabe que en Palacio Nacional unos soldados de la Guardia nacional cambian “cada tres meses” las plantas ornamentales. Por favor.

Y obligó, por ley, a los espías de la DEA, que vienen a vigilar a los cárteles, a firmar un libro haciendo saber que son espías, y decir qué hacen. Pero la DEA le responde con trapos sucios.

Eso frustra.