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En la zona sur del estado de Quintana Roo hay razones de mercado para construir un aeropuerto que pueda permitir el desarrollo turístico en torno a Tulum, tanto que hay aerolíneas nacionales e internacionales que ya anunciaron vuelos a esa terminal aérea que este viernes inaugura el presidente Andrés Manuel López Obrador.

Pero hacer un parche a la base militar de Santa Lucía, en el lejano municipio de Zumpango en el Estado de México no tuvo ninguna razón de mercado, ninguna planeación, no implica ninguna lógica comercial y sólo responde a un capricho autoritario de López Obrador quien, porque puede, dictó terminar con la construcción del Aeropuerto de Texcoco que sí tenía poderosas razones de mercado para existir.

Sucede lo mismo con los trenes interoceánico y Maya. El primero, retoma un viejo proyecto de unir las costas de los dos océanos para facilitar el comercio internacional y el segundo es otro golpe en la mesa de Andrés Manuel López Obrador para revivir las glorias revolucionarias de los trenes de pasajeros.

El Tren Maya, que incumplió los compromisos de respeto al medio ambiente, de los tiempos de construcción y de los presupuestos va a vivir de subsidios públicos, tanto como hoy lo tiene que hacer el AIFA.

Ahora, incluso esas obras que tienen más lógica y sentido común tampoco se han hecho con la pulcritud de un gobierno que respete las leyes. La obsesión del régimen de dar poder empresarial a las fuerzas armadas los ha llevado a cometer actos que pasan muy cerca de los límites de un Estado de derecho.

En mayo pasado a la par que el gobierno de López Obrador publicaba un decreto de expropiación de tres tramos ferroviarios para completar su obra de conexión interoceánica, elementos de la Marina, con armas largas, tomaban las instalaciones de Ferrosur sin previo aviso para Grupo México y sus accionistas. La imagen no fue propia de un país democrático sustentado en una economía de mercado.

Y con el aeropuerto de Tulum ocurre lo mismo, clasificado como una obra de seguridad nacional fluye poca información sobre cómo el Ejército construyó esta obra de infraestructura.

La lógica de una economía de mercado indica que el aeropuerto de Tulum habría sido mejor manejado por ejemplo por Asur, que opera con mucho éxito la terminal aérea de Cancún. Pero en la lógica militarizada del régimen, las fuerzas armadas muestran como su carta de presentación como administradores de aeropuertos el desastre con el que opera la terminal aérea de la Ciudad de México.

Pero la obsesión sexenal no son las obras públicas a cargo del gobierno en detrimento de la empresa privada, la obcecación presidencial es un régimen militar-empresarial fuerte.

El sello militar está en todas las obras insignia de este régimen. Será cuando se pueda utilizar esa infraestructura cuando se califique la calidad de la construcción, porque no hay mucha información pública sobre ella. Lo que está claro es que ese no es su papel.

Y por lo que toca a las obras de infraestructura emblemáticas del sexenio hay buenas, malas y las peores.