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Elegir el 20 de noviembre como la fecha para publicar el decreto que busca revivir el tráfico férreo de pasajeros no es más que una estrategia del libro de propaganda del régimen. Porque, qué mejor día para el decretazo que la celebración del inicio de la Revolución Mexicana que se transportó por tren.

Donde hay una confesión de las intenciones políticas de Andrés Manuel López Obrador es en el hecho de anunciar un cambio radical en la política de transporte colectivo foráneo de pasajeros de ruta fija en México ¡a 10 meses de concluir su mandato!

López Obrador no ve una barrera en los tiempos sexenales, no sólo por la confianza que demuestra de que, a cualquier costo, habrá un triunfo electoral de su grupo político, sino por la certeza que tiene de que se mantendrán intactas sus políticas de gobierno.

Esa certeza de reelección por la vía del Maximato pone a prueba algo más que la capacidad de las empresas ferroviarias concesionarias de elaborar, en un par de meses, un modelo de negocios que resulte viable para trazar rutas férreas para pasajeros, pone a prueba hasta el sentido común de quien vio como una corcholata.

A estas alturas del sexenio López Obrador ya tiene varias experiencias fallidas con el transporte de pasajeros.

Además del mal estado de conservación de las carreteras y autopistas a cargo del propio gobierno federal y la peligrosidad de usar esas vías de comunicación en prácticamente todo el país, este régimen tiene un aeropuerto y un tren que hasta ahora no han dado los resultados esperados.

Si López Obrador decidió cancelar la construcción del Aeropuerto Internacional de México en Texcoco fue, primero por todo el poder que desde entonces y hasta ahora concentra, pero también fue porque su amigo constructor José María Riobóo ya traía bajo el brazo el proyecto de lo que hoy es el AIFA.

A un costo descomunal, con consecuencias nefastas para la aviación comercial del país y con resultados previsiblemente malos, pero López Obrador tuvo todo el tiempo de su sexenio para ello.

Otra experiencia que ya tiene este régimen es precisamente con un tren de pasajeros. El Tren Maya, que ya incumplió tiempos de entrega y todos sus presupuestos, va a tener que vivir de subsidios, tal como lo hace el aeropuerto que se construyó en Santa Lucía.

Puede tener tramos con una demanda razonable y quizá hasta financieramente sustentables en las zonas turísticas, pero el resto será un fracaso financiero.

Así, este régimen encapsulado en el México de la mitad del siglo pasado quiere revivir esos viejos modelos. Tal como pretendió y ya fracasó al intentar reeditar las viejas glorias de Pemex, ahora imaginan a la adelita del Siglo XXI inclinada en las escaleras del tren mientras la máquina parte de la estación.

Habrá rutas de un tren de pasajeros que pudieran ser viables si se hacen grandes inversiones, si las operan empresas con experiencia y si hay voluntad fiscal para acompañar esos proyectos.

Pero, sobre todo, si se atiende al hecho de que México tiene modelos muy eficientes de transporte colectivo foráneo de pasajeros de ruta fija por la vía terrestre y aérea, que pueden ser complementados, pero no sustituidos y menos por un decreto que busca ser transexenal.