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Sí: flirtea con el comunismo, pero, a un año de dejar el gobierno, este presidente no acaba de animarse a usar el vocablo “socialista” para forzar el cambio de clases que pretende en México, con el eslogan de Primero los Pobres.

Le ha faltado el nervio que sí tuvo Chávez para etiquetar su régimen, en Venezuela, como “Socialismo del siglo 21”; y el de Correa, en Ecuador, que denominó su proyecto como “Socialismo del Buen Vivir”. El de aquí, en cambio, no se animó.

Sin embargo, el ideal comunista le hace cosquillas. Incluso, en las últimas dos semanas le volvió a faltar arrojo para decidirse:

Primero dijo: “No somos comunistas, eso es un invento de la derecha”.

Después dijo: “No hay que tenerle miedo al comunismo. Comunismo es darle a cada quién según sus necesidades”.

En todo caso, el presidente mexicano gobierna al estilo de la ideología comunista de promover el odio entre las diferentes clases sociales, al igual que los soviéticos, los castristas, los chavistas, que es de quienes más abrevan él y sus seguidores.

Por ejemplo, el presidente mexicano se refiere a quienes odia como “fifís”, “conservadores”; los soviéticos les decían “blancos”, “perros rabiosos”, “burokrataz”, “disidentes”; los castristas, “gusanos”; los chavistas, “escuálidos”, “burgueses”.

Y, también, en el terreno económico, al haber cumplido con la primera tarea del avance al socialismo, que es adelgazar a la clase media, propiciando el deterioro de sus soportes históricos: pequeños y medianos negocios, escuelas privadas.

De ahí que para quien estuvo muy claro el proyecto político del presidente mexicano es para su aliado Donald Trump. El expresidente, y aspirante a candidato presidencial, afirma que el mandatario mexicano es “socialista, pero aun así es un gran tipo”.

El nervio que le ha faltado como presidente para pronunciarse abiertamente como comunista, lo tendrá desde su posición como pastor político desde su finca, donde encontrará una manera para sustituir las Mañaneras, por otra tribuna que le dé voz diaria.

Ya retirado, Fidel Castro inventó las “Reflexiones”, que publicaba en el diario oficial Granma. Y el, ya para entonces expresidente mexicano, hará algo similar: espacio no le faltará, como se ha visto con el control casi total que tiene de los medios tradicionales.

Además de manejar a Morena, se dedicará a “moralizar” y pontificar su trasnochada idea de que el comunismo es darle a cada quién según sus necesidades, lo cual ya se demostró que es mentira, pues el comunismo es sinónimo absoluto de miseria.

Será un anciano de pelo blanco y guayabera bajo una ceiba, que cumplirá su sueño de promover la dicha enorme de ayudar a los más necesitados, a los desposeídos.

Porque, la verdad, gobernar tiene mucha ciencia.

Y la ciencia no le gusta.