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He leído en una excelente nota de MILENIO la descripción de lo que la directora de la DEA, Anne Milgram, definió como la visión y la meta de su poderosa agencia.

Ni la visión ni la meta han cambiado, pero el enemigo que enfrentan ha adquirido un tamaño enorme, respecto del que tenía en 2007-2011, el cuatrienio apocalíptico de la guerra contra las drogas de México, del que hablé aquí, recordando a Alejandro Hope.

La visión es la misma: el peligro de las drogas viene de fuera de Estados Unidos, de la oferta cuyo flujo nace en otros países, cruza misteriosamente las fronteras americanas y se extiende, invisible, incontrolable, sobre su sociedad.

La misión es la misma también: controlar el flujo antes de que llegue a sus fronteras porque, una vez adentro, al parecer, no hay nada que hacer, salvo pagar el precio letal de altos consumos.

La letalidad y longitud del enemigo han crecido mucho.

En 2007 la sustancia temible era la cocaína. La cantidad de muertes por sobredosis en Estados Unidos andaba en el orden de los 24-30 mil al año. La sustancia enemiga de hoy es el fentanilo, que cobra 100 mil vidas por año.

El país originario del mal, en 2007, era Colombia, y la cadena del flujo a interrumpir venía del Cono Sur, por tierra, mar y aire hasta México y de México, fatalmente, a toda la Unión Americana.

El país maligno originario ahora es nada menos que China, de donde el flujo de los precursores del fentanilo toma innumerables vías, entre ellas también las que aterrizan en los cárteles mexicanos, más ricos, poderosos y despiadados que nunca, según la misma DEA.

Hoy como ayer, entonces, la DEA quiere acabar con los cárteles mexicanos, aunque ahora, al parecer, con no mucha ayuda local.

Una de sus estrategias sigue siendo descabezar a los cárteles y lograr la extradición de capos presos a Estados Unidos.

Todo igual, o muy parecido, aunque en proporciones gigantes.

Difícil explicar por qué suponen que haciendo lo mismo pero con esteroides obtendrán resultados diferentes en su carísima guerra transnacional.