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En 1915, al entrar a ciudad Camargo, recobrada de manos carrancistas, Villa encaró los insultos de una mujer cuyo marido, pagador de la guarnición carrancista de la plaza, había sido fusilado.

La mujer, escribe Friedrich Katz en su libro Pancho Villa (Era, 1998), lo llamó asesino y preguntó por qué no la mataba a ella también. En uno de sus raptos de ira incontrolables, Villa sacó ahí mismo la pistola y la mató. Pero eso no fue suficiente para aplacar su furia.

Algunos villistas de la plaza, temerosos de que las soldaderas presas pudieran denunciarlos cuando las tropas de Carranza volvieran a Camargo, pidieron a Villa que las matara a todas. Villa ordenó la ejecución de las 90 prisioneras.

Hasta su leal secretario resintió la escena terrible que vino a continuación. Con una profunda revulsión moral vio los cuerpos de las 90 mujeres, apilados uno sobre otro, privadas de la vida por balas villistas.

Terminó de sacudirlo la visión absurda de un niño de dos años riendo y jugando alegremente, sentado sobre el cuerpo de su madre muerta, con las manos llenas de su sangre.

La violencia tiene su propio nido de prestigio en la historia. Sólo nuestra fascinación instintiva por la sangre vertida, puede explicar que la mayoría de los héroes consagrados por la historia universal sean guerreros.

Mucho de lo que se enseña a los niños en las escuelas como actos memorables de la especie humana, nos recuerda Freud, no es sino una colección de matanzas: batallas, guerras, conquistas.

Algo de eso hay en la posteridad popular y oficial de Villa: la conversión de su violencia en una especie de fiesta del humor salvaje, de la venganza plebeya, de la ira popular, que se explican y se legitiman por sí mismas.

Ninguna de las dos cosas. La leyenda del guerrillero que encarna la rabia del pueblo no alcanza para disculpar al matón puro y duro, extraño héroe popular de nuestra historia al que nadie quisiera encontrarse en la calle.

Escribí lo anterior, palabras más o menos, hace unos años, luego de leer a Katz. El libro de Reidezel Mendoza lleva el escándalo moral que es Francisco Villa todavía más lejos. Quizás a su verdadero lugar.
https://www.milenio.com/opinion/hector-aguilar-camin/dia-con-dia/la-matanza-de-las-soldaderas