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Todos los días a las 8 de la mañana se iza en el Zócalo de la capital una enorme bandera mexicana que mide 50 por 28 metros y pesa 230 kilos. Es izada en un asta bandera de 100 metros de altura y 120 toneladas de peso.

Todos los días, dieciséis soldados salen de Palacio Nacional portando en el hombro derecho la porción de bandera que les toca y avanzan al asta bandera, seguidos por un destacamento de trompetas y tambores que marcan su paso marcial.

Con extremo cuidado, porque la bandera, por ley, no puede tocar el suelo, un grupo que precede a los portadores engarza el gigantesco lábaro en el dispositivo del asta bandera y lo iza, en enviones pausados, hasta desplegarla completa en la claridad ondulante de la mañana.

La bandera permanece izada hasta las 8 de la noche, cuando otra cuidadosa ceremonia la hace bajar de las alturas, para ponerla otra vez en los hombros de sus portadores, que la regresan a las entrañas de Palacio Nacional.

No sé dónde se guarda la semisagrada tela tricolor en Palacio, pero leí que las que se decoloran por el sol, o se rasgan por el viento, son sustituidas e incineradas en una ceremonia donde se canta el himno nacional.

El presidente que formalizó en un decreto estas banderas monumentales fue Ernesto Zedillo, en 1999. Puso tres en la capital: la del Zócalo, la de San Jerónimo y la del Campo Marte; una más en Tijuana y otra en Ciudad Juárez, como emblemas de límite y pertenencia en nuestra frontera norte.

El emblema de todos.

En estos días la bandera del Zócalo dejó de ser de todos. Alguien decidió no izarla el 26 de febrero, durante una concentración que hubo allí en defensa de la democracia. Decidió no izarla tampoco el 8 de marzo, cuando las mujeres llenaron con su protesta el mismo espacio.

Claudio Lomnitz escribió en su Twitter:

“Desnacionalizar a quienes protestan es un camino peligroso, que tiende al fascismo. Lo vimos en Nicaragua, donde le quitaron la nacionalidad a la oposición, incluyendo a sus mayores intelectuales. Los precedentes históricos de esta clase de acción no son halagüeños” (@clomnitz).
https://www.milenio.com/opinion/hector-aguilar-camin/dia-con-dia/la-bandera-negada