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Los optimistas proclaman que sólo estamos en un bache; los pesimistas nos recuerdan que nunca hemos dejado pasar la oportunidad de dejar pasar la oportunidad.

México no anda bien, pero Brasil está peor. Esto no puede servir de consuelo porque el gigante de Sudamérica se está desmoronando. Su economía caerá en el 2015, en un contexto en el que todas las variables relevantes se están deteriorando: inflación, inversión privada, consumo y exportaciones. Sólo 9% de los brasileños piensa que su economía está bien. En el 2012, era 57 por ciento.

Hace apenas tres años, las dos mayores economías de América Latina competían por ver quién estaba mejor. Brasil brillaba en medio de un boom de exportación de materias primas, mientras México se consolidaba como la potencia industrial de América Latina, apoyado en su acceso al mercado estadounidense. Esa competencia ha perdido el sentido. Ninguno de los dos tiene una economía que crezca mucho más que su población. Somos como dos combatientes haciendo el recuento de las heridas. Dos calvos peleando por un peine, podríamos decir, usando la frase de Borges respecto de la guerra de las Malvinas.

México tendrá un crecimiento mediocre en el 2015. Brasil decrecerá. La inflación en México registra mínimos en cuatro décadas; en Brasil se acerca a la barrera psicológica de 9% anual. El peso mexicano se ha depreciado 18.9% en los últimos 12 meses frente al dólar; el real brasileño ha caído 38%; la actividad industrial en México está cerca del cero crecimiento; Brasil vive un declive de 7 por ciento.

Los paralelismos no se agotan en ese póker de cifras. Brasil vive una crisis política desatada por una serie de escándalos de corrupción que tienen en el centro a Petrobras, la mayor empresa brasileña. Lo que era hasta hace poco el símbolo de la transformación positiva del coloso sudamericano se ha convertido en sinónimo de tráfico de influencias.

México vive también una crisis de corrupción. No tiene las características del Lava Jato brasileño, pero sí mancha al gobierno. Entre otras cosas porque está llena de imágenes y audios. La casa de Angélica Rivera en Las Lomas; las conversaciones entre ejecutivos de OHL; el video de la fuga del Chapo y un larguísimo etcétera. No es casual que las encuestas digan que aproximadamente dos tercios de los mexicanos piensen que la corrupción se ha agravado en los últimos dos años y medio.

En popularidad, al presidente Peña Nieto le está yendo mal, pero hay otros que están peor. Por ejemplo, Dilma Rousseff, cuya popularidad está en 8%; no hay un mandatario latinoamericano peor evaluado por sus compatriotas. Nicolás Maduro de Venezuela tiene 26% de aprobación, tres veces más que Rousseff.

Brasil es la séptima economía más grande del mundo. México ocupa la posición 13 o 14, depende del criterio de medición. Los dos estarían llamados a ser top siete en el 2050, de acuerdo con las proyecciones que hizo Goldman Sachs en el 2012. ¿Podrán hacerlo? ¿Podremos hacerlo? El escepticismo tiene permiso.

Nadie duda del potencial de Brasil ni del mexicano. Tenemos recursos naturales; empresas de clase mundial; buena posición geográfica; bono demográfico; capital cultural y muchas cosas más. El problema histórico ha sido la dificultad para la realización de ese potencial. La visión optimista proclama que sólo estamos viviendo un bache y que pronto recuperaremos el paso hacia la grandeza. Los pesimistas nos recuerdan que somos países que nunca hemos dejado pasar la oportunidad de dejar pasar la oportunidad.