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Siempre he sentido en el lenguaje, en las consignas y en los lemas de la llamada 4T, una estrategia de travestismo conceptual. Palabras derrotadas en su valor de uso por la historia, como la palabra Revolución, tienen un sitio estelar en la retórica oficial bajo el más neutro y más aceptable disfraz de la palabra Transformación.

Bastante obvia es también la manera como el término neoliberalismo sirve para desahogos discursivos que antes se ejercían contra el Imperialismo o el Capitalismo. Los clichés de la vulgata marxista, observa con agudeza Rodrigo Negrete, economista y corresponsal heterodoxo, viven también, intactos, bajo este baile de máscaras lingüísticas.

En particular, me dice Negrete en un correo, vive travestida, pero determinante en el discurso oficial, la noción marxista por excelencia de “la lucha de clases”.

El peso conceptual de esta idea tiene consecuencias políticas severas. La mayor de ellas es que impide ver hacia la sociedad como otra cosa que no sea un campo de batalla, un espacio donde sólo tiene “cabida el conflicto entre grupos” irreconciliables.

No hay ahí un espacio abierto a la noción de “un gobierno para todos”, o a un “ideal de neutralidad” en las instituciones, porque bajo el disfraz de uso neutro, todo el discurso está cosido por el hilo de hierro de la lucha de clases y sus variantes conceptuales pobres vs. ricos, burgueses vs. proletarios, clase dominante vs. clases subalternas, capitalismo vs. socialismo, revolución vs. reacción.

Las equivalencias en el lenguaje travestido de la llamada 4T son bastante simples: transformación por revolución, pueblo por proletarios, neoliberales por burgueses capitalistas, neoliberalismo por imperialismo o capitalismo, y un etcétera no muy largo.

El problema no son las palabras, desde luego, sino lo que estas disfrazan: el proyecto político simplificado de una utopía regresiva que se propone como un futuro mejor y que tiene su inspiración profunda y su compromiso moral en regresar a alguno de los modelos más fallidos y oprobiosos de que se tenga memoria: el México de Echeverría, la Cuba de Fidel Castro, la Venezuela de Hugo Chávez y, en un descuido, hasta la URSS de Stalin o la China de Mao.