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El pasado fin de semana se llevó a cabo el vigésimo Congreso Nacional del Partido Comunista de China, en el cual se confirmó la nominación de Xi Jinping como cabeza de Estado por un tercer periodo de cinco años.

Aunque no hubo realmente ningún anuncio sorpresivo durante el Congreso, las formas con las que se cristalizó el encumbramiento de Xi generaron una reacción negativa e inmediata de los mercados.

Para los observadores de mercado, las formas reforzaron la percepción de que el gobierno de Xi se encamina a ser un régimen cada vez más autoritario en el cual el desempeño económico es secundario al reforzamiento de un poder político hegemónico.

El índice Hang Seng de Hong Kong perdió 6.3% en la sesión del lunes, tocando su nivel más bajo en 13 años; las bolsas de Shanghai y Shenzhen también retrocedieron.

En la edición de Sin Fronteras del 6 de septiembre, analizamos el proceso de transformación ideológica en China y parte de la serie de iniciativas implementadas por el gobierno de Xi para incrementar el control político y económico del estado.

Dentro de dichas medidas sobresalen la implementación de la política sanitaria de Covid-cero y cambios regulatorios en sectores como tecnología, telecomunicaciones, educación, entretenimiento, y ocio.

En aquella ocasión, también destacamos el importante costo que dichas medidas estaban teniendo en términos de crecimiento económico. A raíz de la pandemia y de estas medidas, el crecimiento económico en China se ha desacelerado a su tasa más baja en décadas.

Aunque la meta original de crecimiento económico establecida por el gobierno chino para este año era de 5.5%, las expectativas se han venido revisando a la baja y el Banco Mundial estima que el PIB crecerá apenas 3.2% en el 2022 y 4.4% en el 2023.

Esta desaceleración se está suscitando a pesar de que el gobierno y el banco central han implementado iniciativas importantes de estímulo incluyendo paquetes de financiamiento y reducciones en las tasas de interés.

Aunque la economía de China enfrenta un contexto de desaceleración económica global, las decisiones internas están exacerbando la situación.

China lleva varios años en una transición económica que busca la evolución de la economía de una potencia manufacturera a una economía basada en la innovación y la tecnología.

Esta transformación se centró primero en un enorme incremento en la inversión en infraestructura, después en el desarrollo de un motor de crecimiento basado en el consumo doméstico y ahora en una fuerte inversión en innovación y tecnología acompañada de una creciente intervención estatal.

En este último tramo, la China de Xi ha dado un viraje en el cual los resultados económicos han quedado totalmente supeditados a los intereses políticos.

Durante el Congreso del fin de semana, en el que Xi se convirtió en el primer jefe de gobierno en ocupar el cargo por más de 10 años, el fondo y las formas fueron claras: la prioridad es seguir consolidando el control del Estado en diferentes facetas de la vida social y económica de China con el objetivo de prepararse a luchar una complicada y prolongada guerra fría con el mundo occidental.

Lo que empezó en el 2017 como una guerra comercial entre China y EUA con la llegada de Trump a la presidencia, se ha convertido en una disputa geopolítica. La disputa actual con Estados Unidos es, cada vez más, percibida por los dirigentes chinos como una amenaza directa a la piedra angular de su modelo de política industrial.

Una nueva guerra fría sería un nuevo golpe a la globalización que tanto ha contribuido al desarrollo económico y tecnológico y a generar un entorno de baja inflación a nivel global.