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Con alguna fortuna teórica un filósofo canadiense, Hillel Steiner, conceptualizó una variante de la política de la coerción. Se trata de una variante más sutil que la de la famosa opción palo o zanahoria, donde se premia con una zanahoria la aceptación de una orden y se castiga con un palo su rechazo.

Steiner trató de captar los matices de una política de la coerción más tenue, aunque quizá más humillante, y acuñó para ello la palabra throffer, que mezcla las voces inglesas threat (amenaza) y offer (oferta).

Javier Tello, en una feliz improvisación durante nuestra mesa de debate televisivo La hora de opinar, explicó esta mezcla y propuso un vocablo español equivalente: amenoferta, donde las primeras cinco letras dan cuenta de la amenaza y las segundas cinco de la oferta.

Comentábamos el hecho de que algunos de los empresarios más ricos y conocidos de México fueron citados a Palacio Nacional la pasada semana para recibir una amenoferta, durante una cena con tamales de chipilín.

La amenoferta fue que compraran billetes de lotería por entre 20 y 35 millones de pesos, a elegir, a cambio de lo cual podían ganarse premios en efectivo de la Lotería o algún “macrolote” de terrenos del gobierno en una zona costera de Sinaloa. Todo, para construir una presa en la propia Sinaloa.

Una amenoferta similar habían recibido los empresarios hace tiempo para comprar billetes de la Lotería en la rifa del avión presidencial, que el Presidente no usa y no ha podido vender. También aquella amenoferta la recibieron durante una cena con tamales de chipilín, los favoritos del Presidente.

Vistas desde fuera, las amenofertas presidenciales tienen rasgos que se antojan duros de tragar. Primero, porque son amenofertas públicas, y la prensa y la gente las registra como humillantes.

Luego, porque, dichas en castizo, las amenofertas no son sino sablazos, pero sablazos presidenciales, por lo cual nadie puede pararse de la mesa sin haber dejado en ella millones de pesos o haberse malquistado con el Presidente. Finalmente, aunque parezca un detalle menor, porque, además de ser exhibidos y aligerados en algunos millones de sus billeteras, los invitados deben poner buena cara mientras cenan… tamales de chipilín.