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Puede el presidente Andrés Manuel López Obrador, desde su soledad de un poder descomunal, decidir que no va a la Cumbre de las Américas si no invitan a sus amigos dictadores del continente.

Sería una pésima decisión del mandatario de una economía del G-20, de un país democrático y comercialmente integrado con el mundo, pero no pasaría a mayores. El mundo entenderá que este es el momento particular que, por ahora, le tocó vivir a México.

Desde ese mismo poder apabullante, López Obrador traza una línea sobre la selva y ordena que por ahí pase su Tren Maya sin importar cenotes, cuevas, fauna o manglares. El Presidente no se va a detener, porque ya decidió que ese sea su legado, tanto la destrucción como el tren.

Pero lo que no debería tener capacidad de hacer López Obrador, sin pedir asesoría científica y médica, es pretender vacunar a los niños mexicanos de cinco a 12 años con un producto cubano que no tiene estudios ni certificados de seguridad sanitaria.

Tampoco debería, por más autocrático que sea su modelo de gobernar, forzar a las líneas aéreas a usar su caprichosa terminal aérea sin tomar en cuenta las evidencias del peligro que resultó del reordenamiento del espacio aéreo de esta zona centro del país para hacerle espacio a su aeropuerto.

México está extraviado en el mundo, no es protagonista ni de los temas económicos ni de los temas ecológicos. Hay guiños hacia los regímenes totalitarios del mundo y se ha dado la espalda a los esfuerzos contra el cambio climático y la conservación del medio ambiente.

Sin embargo, no es lo mismo que el país esté temporalmente perdido en el concierto mundial a que por decreto ideológico de la 4T se pretenda inocular a los niños mexicanos con la vacuna cubana Abdala que no tiene ningún aval de los científicos para considerarla como una sustancia segura.

Ni la Organización Mundial de la Salud, mucho menos la FDA de Estados Unidos o la agencia de medicamentos de Europa han dado su aprobación a esta vacuna que a decir de los expertos no ha concluido ni siquiera la fase 3 de la investigación. ¿Cómo vacunar a nuestros niños con una sustancia insegura para quedar bien con la dictadura cubana?

Y en el terreno de la aviación es muy poco serio que López Obrador rechace “categóricamente” que el rediseño del espacio aéreo del Valle de México haya causado incidentes peligrosos, cuando funcionarios de su mismo gobierno, sindicatos y las propias líneas aéreas así lo han confirmado. Su posición es política, los controladores aéreos hablan desde su conocimiento y por sus malas experiencias.

Puede el presidente López Obrador creer que no hay problema con el rediseño aéreo y pensar que es solo un asunto de sus adversarios, pero eso es muy diferente a usar todo ese poder concentrado que acumula en su persona para que desde la Secretaría de Gobernación se fuerce a las empresas de aviación a que tengan que mover 25% de sus operaciones al aeropuerto presidencial de Santa Lucía y a Toluca, sin atender primero los peligros de las carreteras del aire.

En un país democrático todas las imposiciones deberían tener un límite y más cuando estas corren en contra de la realidad. Ojalá no sean caprichos que cuesten vidas humanas.