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El Presidente y luego sus seguidores decidieron llamar “traidores a la Patria” a quienes votaron contra su reforma constitucional de energía. Hay que tener una muy alta idea de sí mismo para llamar a otro traidor a la patria.

Para empezar, hay que sentirse vocero de la Patria misma y escáner infalible de quienes la traicionan.

Ambas pretensiones sobran en el Presidente y en sus seguidores, y esa sobradera es lo que hace tan serio y a la vez tan hueco, su desbordamiento patriotero contra otros.

Los otros son, en estos momentos, quienes les ganaron el domingo una votación en el Congreso. Fue una derrota con toques históricos inaceptables para el alto sentimiento de representar a La Historia que bulle en el oficialismo y en sus seguidores. Pero ni el Presidente ni sus seguidores encarnan La Historia ni La Patria se aloja sólo en el tiempo compartido de sus pechos.

El Presidente, sus seguidores y sus adversarios, no son sino unos políticos profesionales disputándose la mayoría en asuntos que ambos juzgan importantes para la nación.

Acostumbrado a pasar con facilidad y aún con desdén sobre sus opositores, el oficialismo descubrió  el domingo, acerbamente, en la votación sobre la reforma energética, lo que sabía desde antes: que iba a perderla, que los tiempos de la aplanadora habían pasado. Vino entonces el momento neurótico, propiamente antidemocrático del día.

Al ver que se confirmaba lo sabido, su derrota, el oficialismo dio un salto cuántico en la discusión y pasó de  la  frustración democrática de perder en el Congreso, a la psicosis de juzgar como “traidores a la Patria” a quienes simplemente habían votado en contra. Asunto de psiquiatra y notaría, diría Renato Leduc.

Salvo porque los encarnadores de la patria han soltado piquetes a morder a sus adversarios, acusándolos de traidores con carteles parecidos a los mensajes con que se perseguía a los forajidos en el enfermo y violento Viejo Oeste americano.

La Patria de la que se sienten encarnación el Presidente y sus seguidores no es la patria impecable y diamantina que cantó López Velarde, sino la opaca y turbia que ronda por los divanes psiquiátricos de nuestra polis.