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Los que piensen diferente al presidente Andrés Manuel López Obrador deben dejar de tener miedo del catálogo de palabras y frases muy fuertes que usa el líder de la 4T para descalificar a los que llama sus adversarios.

Está en los manuales de propaganda, hay que desacreditar al adversario, hay que simplificar el mensaje y hay que silenciar al opositor. No debería el Presidente de todos los mexicanos usar estrategias de propaganda de camarilla, pero es lo que sucede todas las mañanas.

Hay que tener la certeza que oponerse a su contrarreforma energética no es traicionar a la patria.

Si su iniciativa constitucional en materia energética no consigue una mayoría calificada entre diputados y senadores, los que no voten a favor seguirán siendo representantes populares, no serán traidores a la patria, ni empleados de las empresas privadas extranjeras, simplemente no piensan igual que López Obrador y se vale.

El discurso populista es muy poderoso porque busca meterse en las emociones, ignora las razones y suele no tomar en cuenta ni las leyes ni las instituciones.

Y si una mayoría de ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, independientes al apabullante poder presidencial, que sí los hay, se guían por su labor de cuidar la Constitución y no por la instrucción política, simplemente el proyecto de la ministra Loretta Ortiz no pasará.

No es nada fácil enfrentar la descalificación y las consecuencias de pensar diferente en estos tiempos en que hay la clara intención de imponer un criterio único, una visión a la que no le importen las mayorías, todo en el nombre de crear una patria a imagen y semejanza a la idea de la transformación de una sola persona.

Hay una urgencia en el mundo entero por privilegiar las energías limpias, y no es por moda sino por el evidente calentamiento del planeta, y la iniciativa presidencial en materia eléctrica va en contra de ese apremio global.

Salvo naciones como Corea del Norte, el resto del planeta apuesta a la competencia y la apertura en el sector energético, con reglas claras de regulación estatal y la idea del presidente López Obrador es regresar a un esquema de los años 70 del siglo pasado que no funcionó.

Decirlo en los medios, oponerse en el Congreso, rechazarlo en la Corte, no es ser un traicionero a la patria. Implica, sí, una traición a la Cuarta Transformación, pero sólo sus seguidores están obligados a esa obediencia, el resto no.

El Presidente no lo quiere ver, pero la contrapropuesta de “Va Por México”, esa alianza del PAN, PRI y PRD, acepta que hay que hacer cambios en el estado actual de la relación con las empresas privadas, avanza en su visión social de hasta regalar la energía eléctrica y corrige fallas de la reforma energética del 2013. Ese debería ser un triunfo democrático del régimen actual. Pero un régimen autocrático lo quiere todo.

Decir no al Presidente no es fácil en estos tiempos, pero es propio de un país de libertades y democracia y hay que luchar por ello.