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El gobierno de Ciudad de México renombró el famoso “Árbol de la Noche Triste “como “Plaza de la Noche Victoriosa”. Quitaron una placa y pusieron otra.

Las dos placas dicen que en ese punto, un ahuehuete, el 1 de julio de 1520, Cortés habría llorado su terrible derrota, a manos de los mexicas, cuando trataba de huir con sus hombres, cargados de oro, de Tenochtitlan, ciudad a la que habían sublevado semanas antes, en ausencia de Cortés, con una matanza ordenada por Pedro de Alvarado.

El gobierno de Ciudad de México renombró el famoso “Árbol de la Noche Triste “como “Plaza de la Noche Victoriosa”.

Quitaron una placa y pusieron otra. Las dos placas dicen que en ese punto, un ahuehuete, el 1 de julio de 1520, Cortés habría llorado su terrible derrota, a manos de los mexicas, cuando trataba de huir con sus hombres, cargados de oro, de Tenochtitlan, ciudad a la que habían sublevado semanas antes, en ausencia de Cortés, con una matanza ordenada por Pedro de Alvarado.

A mediados de junio de 1520, los mexicas celebraban una fiesta religiosa en su Templo Mayor. Alvarado pensó que se reunían para atacarlos a ellos, huéspedes forzados y pérfidos de la ciudad, y atacó primero.

Cortés volvió a la ciudad, vio que era imposible quedarse en ella y dispuso la escapada nocturna del 1 de julio, cuyo final habría sido aquel lamento de “la noche triste”.

El cambio de placas dice que no debe entristecernos la derrota de los españoles, sino alegrarnos la victoria de los mexicas. Porque el triunfo de los mexicas es nuestra, de nuestros “pueblos originarios”, mientras que la tristeza de los españoles es de ellos.

Sorprendería a los autores de esta idea la resbaladiza dialéctica de victoria y derrota que hay en el corazón de aquella noche.

La derrota fue de los españoles, sin duda, pues murieron como 600. Pero fue también de unos mil tlaxcaltecas originarios que huían con los españoles, de los que no quedaron ni 100. (Hugh Thomas: La Conquista de México. Planeta p, 459).

Cortés anduvo triste aquella noche, cierto, pero su lamento no lo movió a la resignación, sino a la revancha.

“Estuvo en su mejor forma tras este revés”, dice Hugh Thomas, “resuelto en todo momento a capturar de nuevo la capital… Su determinación rozaba la locura, pero así se portan los hombres poseídos y por eso tienen seguidores”.

Vista su determinación posterior, algo parecido quedó en los tlaxcaltecas.

Así, en la Noche Victoriosa de los mexicas de 1520, quedó sembrado el aguijón de la revancha española/indígena que arrasó Tenochtitlan en 1521.