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El presidente Andrés Manuel López Obrador abre la baraja de sus posibles sucesores y logra un efecto no visto desde mediados del siglo pasado cuando se tenía la certeza de que el partido político oficial habría de ganar las elecciones presidenciales, pero nadie sabía quién habría de ser el ungido para quedarse con la nominación de candidato.

Lo que por ahora logra con mucha destreza política el Presidente es que haya una aparente lucha presidencial, pero en la que sólo participan sus candidatos. No hay un solo nombre adicional, de ningún partido político o fuerza civil, que tenga el más mínimo peso para ser considerado como un aspirante serio al puesto.

López Obrador abre una contienda por su propio puesto, expone a un desgaste a los que él quiere que sean los aspirantes visibles, quizá para proteger al verdadero delfín y lo hace antes de cumplir tres años en el poder.

La pregunta es si no creerá el propio Presidente si esto pudiera llegar a desgastar su propia figura y poder como máximo líder de eso que llaman la cuarta transformación.

Es muy probable que el propio Presidente se ubique a él mismo en tal nivel de trascendencia que no crea que alguien le pudiera hacer sombra. Una especie de invulnerabilidad que le permite adelantar la competencia electoral y de paso creer que puede lanzar reformas constitucionales con pleno conocimiento de que no goza de una mayoría calificada en el Congreso para ello.

El máximo líder de la 4T sabe que puede pastorear a sus suspirantes presidenciales sin que se salgan del corral de sus estrategias. Algunos lo harán sin chistar, otros necesitarán un poco más de presión, pero es muy difícil que alguien cobijado en su manto opte por la vía libre sin fracasar en el intento.

Pero buscar una contrarreforma constitucional para el sector eléctrico y eventualmente para el sector petrolero, cuando sabe que sólo tiene garantizada la mitad de las dos cámaras y no las dos terceras partes, sí es un lance que merece ver si es un nublado exceso de confianza o realmente sabe cómo lograr convencer a algunos priístas, como el propio Presidente lo adelantó.

Seguramente en el camino advirtieron al Presidente que los decretos que contrariaban las leyes del sector energético serían fácilmente combatidos en tribunales. También los abogados debieron advertir a López Obrador que leyes secundarias que pretendían pasar sobre la Constitución eran vulnerables en un Estado de derecho.

Salvo que, claro, no sea precisamente ese Estado de derecho el que busquen que prevalezca. Ahí está la resolución de la Suprema Corte de la llamada Ley Zaldívar para saber qué destino tiene la legalidad en el país.

Pero el Presidente adelanta iniciativas de cambio constitucional que van en sentido contrario de las reformas energéticas que respaldaron los partidos políticos que hoy están en la oposición. Deberían tener un rechazo contundente de ese bloque, empezando por el PRI que fue el promotor de esas reformas.

¿Exceso de confianza presidencial o un as bajo la manga para cambiar la Constitución?