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En un pasaje de su inminente libro Market Economies, Market Societies, Adam Przeworski refiere la contradicción esencial que sacudió a la socialdemocracia europea en uno de sus momentos más altos de poder, los años en que Willy Brandt gobernaba Alemania, Bruno Kreisky Austria, Olof Palme Suecia y el partido laborista, Reino Unido. Es decir, entre el año 1969 en que fue electo Brandt y el año 1986 en que fue asesinado Olof Palme.

La contradicción que Brandt, Kreisky y Palme discutieron largamente en cartas y reuniones era que el supuesto central de la socialdemocracia simplemente no podía cumplirse.

Ese supuesto era que podía llegarse a la sociedad socialista mediante reformas graduales, a través de la democracia y dentro del capitalismo. Brandt, Kreisky y Palme concluyeron que en un régimen democrático podía avanzarse mucho en la distribución de la riqueza mediante políticas fiscales agresivas e instituciones de seguridad social, pero no llegar al socialismo.

De las reformas socialdemócratas del siglo pasado está hecho todavía el envidiable piso de igualdad de los países europeos. Lo que aquellos socialdemócratas en el poder discutieron con lucidez y admitieron con valentía es que, aun si se avanzaba mucho con aquellas reformas, estas nunca podrían, por acumulación, llevar al cambio cualitativo de sus sociedades, volverlas encarnaciones de la igualdad socialista por medios democráticos, bajo las reglas de mercado capitalistas.

La misma lógica democrática de las elecciones continuas haría siempre provisionales las reformas socialdemócratas. Y las potentes fuerzas sociales del mercado harían siempre débiles los gobiernos que atentaran contra ellas.

Para evitar estos riesgos, las sociedades socialdemócratas europeas habían puesto en primer plano el objetivo de ganar elecciones, se habían vuelto máquinas electorales y habían olvidado o diluido sus ideales fundadores.

La reflexión de Przeworski es pertinente para México, porque explica perfectamente por qué un triunfo democrático no puede ser un mandato de revolución pacífica, como pretende el gobierno mexicano.

Y porque su premisa analítica no es la resignación, sino la búsqueda de un nuevo paradigma capaz de ganar la voluntad de los votantes hacia la construcción de una sociedad más igualitaria. El pasaje aludido de Przeworski puede leerse aquí.