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Las mentiras acerca del avión presidencial sembraron la idea de que es “innecesario” y “lujoso”. Entre las tonterías esparcidas están el “baño de mármol” y un “suntuoso” dormitorio, así como el reproche de que se redujo el número de asientos para las comitivas con que viajó el único Presidente que lo ha utilizado, Enrique Peña Nieto (jamás quien ordenó su compra, Felipe Calderón).

Viví la experiencia de volar en él nueve horas con los camarógrafos de MILENIO José Luis Arias y Salvador Carmona, un día después de la desagradable presencia de Trump en Los Pinos. Peña Nieto viajaba rumbo a lo que aprendí a llamar Pekín (hoy Beijing pero no hay perros beijingeses), y fuimos con él para la discusión de 40 minutos (no propiamente una entrevista) que sostuvimos en Anchorage, Alaska.

Antes de que partiéramos, Peña me mostró la aeronave de cabo a rabo (desde la cabina de mando hasta el fondo en que iban los demás pasajeros).

Tuve la impresión de estar en una versión más cómoda y panzona de un avión comercial común, sin que algo me hiciera pensar en ostentación, opulencia o fasto: el laminado marmóreo de las paredes del baño es como el que se puede comprar en cualquier tienda de materiales de División del Norte para una casita clasemediera (no en los macizos de mármol que habrían sobrecargado la aeronave); la regadera tiene sentido para ducharse después de un viaje de varias horas (el modelo puede realizar vuelos y operaciones de día y de noche hasta por 14 horas y media sin hacer escala), y la estrecha recámara tiene una caminadora como la mía y un triste colchón king size.

Los asientos, incluido el presidencial, me parecieron austeramente finos y del mismo color y acabados que los de Interjet, aunque más anchos y confortables.

Con esa vivencia, me provoca hilaridad la versión de que el presidencial es un avión “suntuoso”. Nada de lo que me consta me recuerda los palaciegos jets de Qatar Airways (ejemplos volantes del “lujo oriental”).

En frustrada venta, falsa rifa y sin que el gobierno sea propiamente su dueño, el incómodo aparato acaba de ser llevado a California. Dicen que para mantenimiento, pero sobre todo para abrirle espacio en el antiguo hangar presidencial, al que traerá el lunes a la vicepresidenta de Estados Unidos, Kamala Harris. Ofrecido a destiempo y sin sentido para los atletas que irán a Japón, fue rechazado por el Comité Olímpico Mexicano que, sin embargo, quiere la misma oportunidad, pero a tiempo, para los Juegos Panamericanos Junior de Cali, en noviembre próximo.

Antier y ayer el presidente López Obrador volvió a mencionarlo: “Es una vergüenza. Solo aquí se les ocurrió comprar un avión con tanto lujo. Estoy haciendo gestiones para venderlo. Sí quiero decirles algo que es muy importante: lo que nos ahorramos por no usarlo es muchísimo. El avión no se usa ni se va a usar. Lo que queremos es venderlo, pero no hay quien compre el avión porque es tan lujoso tan lujoso que les da pena que se sepa que alguien es dueño de un avión así…”.