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Pasaron 10 años antes de que México volviera a conocer una recesión. Desde la caída económica global del 2009, fue hasta el 2019 cuando tuvimos otra vez números rojos en nuestra economía y ni hablar del desplome histórico del Producto Interno Bruto (PIB) durante el 2020 por la combinación de los efectos de la pandemia y la ausencia de políticas públicas para paliar la crisis.

Ahora, empieza a generarse una preocupación que no habíamos tenido en este país en lo que va del Siglo XXI.

Hay una generación completa de mexicanos que nunca ha tenido preocupación alguna por la inflación. Vamos, hay que tener cierta edad para recordar lo que implicaba preocuparse por los constantes incrementos en los precios.

Y seguramente aquellos que ya les tocó la vacuna contra el SARS-CoV-2 son los que recuerdan cómo este país se perdía entre las crisis y las hiperinflaciones de los años 70 y 80.

Hoy, otra vez, hemos hecho del aumento en los precios un tema de conversación. Sólo que, hasta el momento, como un asunto de alerta y no como un problema serio de la economía mexicana.

Lo que más pesa es que los aumentos más notorios son en productos sensibles para la mayoría de la población.

Gas y gasolinas se llevan hasta ahora los focos más rojos en la medición inflacionaria. Puede ser un efecto estadístico, pero son productos de consumo generalizado y de alto impacto en la formación de precios.

Y es un hecho que, si el año pasado el tanque de un auto se llenaba con 670 pesos y ahora se necesitan 900 pesos para surtir la misma cantidad de gasolina, obviamente afecta las finanzas personales.

Es el mismo caso con muchos alimentos que han subido sus precios. Y no todo tiene que ver con el aguacate, que se vuelve incomible una época del año, sino con básicos como la tortilla o el pollo.

Los alimentos y los energéticos son dos de los subíndices que más han subido durante la pandemia y también en esa fase de recuperación, pero ahora hay presiones en otros precios que se mantuvieron estables durante esos meses de baja demanda.

Los servicios, por ejemplo, mantienen hasta el momento un aumento de precios por debajo de la medición general, pero en la medida que se extienda el desconfinamiento habrán de subir esos precios también.

A diferencia de las crisis de los años 80 del siglo pasado, este incremento de precios es, hasta ahora, mucho más moderado y no tiene que ver con factores internos.

El mundo entero debe encontrar sus equilibrios entre una creciente demanda y las limitaciones en la producción de ciertos bienes, derivadas de la propia paralización por la pandemia. Es más fácil echar a andar la máquina que imprime dólares que la que fabrica de chips, por ejemplo.

Es importante, entonces, seguir de cerca estas presiones inflacionarias, pero sin sobrerreacciones que calienten más los precios. Por eso, puede ser mejor que por las mañanas sigan organizando festivales musicales y no vayan a darse decisiones populistas que alteren el comportamiento de los mercados que, hasta ahora, parecen tender hacia un reordenamiento entre oferta y demanda en el mediano plazo.