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En otros tiempos no tan lejanos un relevo en la presidencia del Consejo Coordinador Empresarial (CCE) era sinónimo de una lucha encarnizada, casi con cuchillo en mano, entre los diferentes organismos para hacerse del control de la cúpula empresarial.

Hubo momentos cercanos al rompimiento entre las cámaras y confederaciones que integran esta representación empresarial por esa lucha para hacerse del control de la interlocución con los gobiernos en turno.

Pero ahora no, en estos tiempos de la 4T se nota poco apetito por ser aquel que, en el nombre de la iniciativa privada, le plante cara a este gobierno que claramente desprecia al sector empresarial. Hoy, encumbrarse como el presidente del CCE es como ganarse la rifa del tigre, o la rifa del ganso, que puede aportar más peligros que beneficios.

Andrés Manuel López Obrador no escondió su aversión a los organismos empresariales desde sus campañas presidenciales. En su campaña ganadora se metió en gran pleito con el Consejo Mexicano de Negocios y el entonces presidente del CCE, Juan Pablo Castañón, salió en defensa de esa organización empresarial lo que sellaría su futuro con el que a la postre se convertiría en Presidente.

Y cuando parecía el inicio de una relación tirante y de confrontación entre el CCE y el Presidente, como en aquellos tiempos de Luis Echeverría cuando Juan Sánchez Navarro formó esta cúpula de cúpulas, surgió un empresario que podía ser un buen mediador.

Carlos Salazar Lomelín, regiomontano, muy amigo de Alfonso Romo, quien fuera jefe de la presidencia de López Obrador, saltó a ese puente colgante que une la relación entre empresarios y la 4T.

Muy criticado en muchas ocasiones por tanta permisividad ante los abusos de poder de López Obrador. Y, después, marginado por el propio gobierno federal por exigir un mínimo de sentido común en medio de la peor crisis económica en 100 años derivada de la pandemia de Covid-19.

Utilizado una y otra vez por la 4T, como en esos desfondados planes de inversión en infraestructura, e insultado otras tantas veces, como aquella cuando con desprecio López Obrador mandó a Salazar Lomelín a cobrarle los impuestos a otros empresarios.

Bien pues ese mismo dirigente empresarial, que a muchos no les gusta y que otros le agradecen no empezar una guerra, va por su tercer periodo al frente del Consejo Coordinador Empresarial.

Nadie se le puso enfrente, ninguno de los 12 organismos de este consejo se opuso y entonces aplica el mecanismo de reelección inmediata.

La buena noticia es que el propio Salazar accedió a esa segunda reelección para un tercer mandato. Pero la mala noticia es que ya no hay, por estatutos, opción de una tercera reelección.

Así que, para el 2022 ahí veremos la papa caliente de la designación de un nuevo dirigente de esta cúpula brincando entre aquellos que puedan ser potenciales candidatos.

Ahí veremos si alguien más quiere jugar el papel del conciliador que las tenga que aguantar todas las que lleguen desde un poder cada vez más desbocado. O bien si lo que viene es esa confrontación abierta al estilo de los 60 cuando el sector privado y el Presidente tenían un pleito abierto y de pronóstico reservado.